martes, 15 de septiembre de 2020

Cabeza / Esther Cross




Volvíamos a Buenos Aires con el primer auto que se había comprado mi padre. Era un Fiat 1500 gris oscuro y era, como todos los que tendríamos, un auto práctico y discreto. Mi padre manejaba con una mano en el volante y con la otra repartía manotazos y cachetadas al asiento de atrás, donde mis dos hermanos y yo nos peleábamos para ver quién iba en el medio. Mi madre tenía los brazos cruzados y se mordía el labio. Podíamos verla por el espejo. En el baúl, en una caja de bananas Dole, adentro de una bolsa hundida entre papeles de diario y aserrín, estaba la cabeza del perro. Teníamos que llevarla al Instituto Pasteur. Hacíamos lo que nos habían dicho que teníamos que hacer.
Era una cabeza pesada. El capataz había traído la caja hasta el coche entre las manos, con los brazos colgando. Lo vimos venir desde los galpones, con esa lentitud que marca el tiempo cuando ya es demasiado tarde. Nos saludó levantando el mentón y después esperó a que mi padre guardara las valijas en el baúl. Entonces acomodó la caja de bananas Dole con la cabeza del perro adentro.
Bastaba con ver la mordedura en la pierna de mi hermano menor para darte una idea de la magnitud de la cabeza que llevábamos de viaje. Si hubiera sido la cabeza de un perro chico, igual hubiera sido todo un tema, pero era la cabeza de un perro grande. El perro grande había sido, además, el perro preferido de Gómez, el mensual más viejo y antiguo del campo. Se llamaba Cabeza. Había mordido a mi hermano menor y teníamos que asegurarnos de que no tuviera rabia.
Cabeza mordió a mi hermano menor y después se sentó y nos miró. Mi hermano menor gritó, miramos la herida, miramos el perro, miramos la herida y fuimos para la casa mientras armábamos, entre los tres, la versión que les daríamos a mis padres. La tierra del camino absorbía las gotas oscuras de sangre –los dientes de Cabeza habían atravesado el pantalón–. Antes de llegar, oímos un aullido. Mi hermano más grande dijo que seguramente le estaban pegando al perro. El capataz llegó a la casa un poco después y le dijo a mi padre que le había dicho a Gómez que tenía que matarlo, como castigo. Cabeza estaba muerto.
¿Cuál era el perro que parecía más un lobo que un perro? Cabeza. ¿Cuál era el mejor perro de Gómez? Cabeza. Tenía siempre la lengua afuera y cuando lo veías tirado en la puerta de Gómez era como si tuviera el corazón en la lengua. Después Cabeza se levantaba y parecía que con él se levantaba todo.
Gómez tenía más de veinte perros. Mi madre siempre decía que era un peligro. Mi padre agregaba que si todos tuviesen tantos perros como Gómez, el campo sería un desastre, y sacaba la cuenta –le encantaba–. El tema era una fija cuando nos quedábamos sin tema. Había que decirle que no podía tener tantos perros. Pero nadie quería ofender a Gómez porque era un buen hombre, no tenía familia y era –sobre todo– un hombre leal. Mi padre estaba seguro de que si no podía tener sus perros con él, Gómez iba a irse. Lo decía con una admiración resignada, casi en clave.
A los perros los trataban de usted. A veces se morían. A veces se perdían. A veces se los llevaba el celo. Un perro podía tener varios nombres, que era como no tener ninguno. A veces, en una misma tarde, le decían Mancha o Gancia a dos perros a la vez. Negro era un nombre muy frecuente. Había varios Mancha y un par de Lobos. Cabeza era el único perro que tenía un solo nombre. Nadie se lo confundía. Eso quería decir algo.
¿Lo habían matado? ¿Gómez había tenido que ir a matar a su propio perro? Mi padre entendió el mensaje y era un mensaje lógico para alguien como mi padre. Pero mi madre era especialista en enfermedades contagiosas y plagas. Le dijo a mi padre que ahora no podríamos asegurarnos de que el perro no tuviese rabia o alguna otra enfermedad. Llamaron a Buenos Aires, al doctor Pietro. Tardaron mucho en conseguir. Cuando dieron con Buenos Aires, se oía mal y mi madre tenía que gritar para que el doctor la oyera. De un lado, la voz de mi madre; del otro, la voz del doctor Pietro y en el medio el sonido de la distancia, la acústica débil, la interferencia.
Oímos lo que dijo el capataz y los tres vimos a la vez, cada uno por su cuenta, a Gómez que se alejaba, en nuestra imaginación, de espaldas, seguido por Cabeza, hacia el monte, con sus tristes intenciones. Mi hermano más grande dijo, al rato, que seguramente el perro no había sospechado nada y mi hermano menor y yo asentimos porque los tres habíamos pensado la muerte de Cabeza de la misma manera. El hombre. El monte. El perro. El sacrificio. A lo mejor el perro había sospechado pero la lealtad al amo que lo llamaba le había ganado al miedo.
Era el único perro que no teníamos que tocar. No lo toquen, nos decían. Hasta el mismo Gómez dijo una vez no lo toquen, cuando nos vio mirándolo, y fue la única vez que oímos hablar a Gómez. Y mi hermano menor lo tocó. Y al perro lo mataron. Y ahora íbamos en el auto, con la cabeza de Cabeza en el baúl, adentro de una caja de cartón. Teníamos que entregarla al Instituto Pasteur antes de que se pudriera.
El policía estaba parado en medio de la ruta. Hacían eso seguido. Sabías que ibas a encontrarte con alguno cada tantos kilómetros. Estábamos cerca de Daireaux. Nos dimos cuenta porque el olor del frigorífico ya contagiaba todo. Habíamos salido tan temprano que después de hacer más de cien kilómetros seguía siendo temprano. El policía hizo señas para que mi padre frenara al costado de la ruta. Mi madre se dio vuelta y nos retó aunque no estábamos haciendo nada.
El oficial era gordo y tenía la cara mojada. Pero no transpiraba solamente por el calor del verano. Transpiraba desde adentro. Ese hombre iba a explotar en cualquier momento. Tenía dedos gruesos y uñas en pico.
Cuando mi padre abrió el baúl vimos, por el vidrio, que el policía tocaba las valijas con su bastón, como si le diera asco meter la mano adentro de nuestro auto. Sin embargo, cuando hundió el bastón una, dos, tres veces en el mismo lugar parecía concentrado y para nada molesto. Era un buitre y había encontrado algo.
Mi padre tuvo que sacar la caja del baúl y la apoyó en el suelo. El policía le hizo señas para que se callara. Los policías nunca te dejaban hablar. Donde empezaba la policía se terminaban las explicaciones. Mi padre se agachó para abrir la caja. El policía dio un paso hacia atrás. Después gritó como en una clase de gimnasia.
Mi padre se levantó y se apoyó contra el auto, con las piernas abiertas. Le dijo a mi madre que no se preocupara. Entonces el policía lo agarró de la camisa, lo echó hacia atrás y lo tiró contra el vidrio. Vimos la cara de mi padre, que se aplastaba contra el vidrio y mi madre gritó. Aunque no estuviera prohibido llevar la cabeza de un perro en el baúl de un auto, el policía trataba a mi padre como si fuera un criminal. Mis dos hermanos y yo empezamos a saltar adentro del auto, a golpear el techo con los puños. El policía agarró a mi padre del brazo y se lo llevó a un costado. Mi hermano más grande bajó la ventanilla del auto y en el auto entró el olor de la mañana, de la cabeza, del frigorífico y de algo todavía más fuerte y concentrado, que a lo mejor era el olor de todo eso a la vez.
El doctor Prieto le había dicho a mi madre que como el perro estaba muerto y no podíamos llevarlo para que lo examinaran en el Pasteur, teníamos que llevar la cabeza. Mi padre le agradeció el gesto de lealtad al capataz y, sin hacer hincapié en el hecho de que había sido un error matar al animal, le dijo que tenían que cortarle la cabeza. El capataz asintió. Después fue a buscar a Gómez y le dijo que tenía que cortarle la cabeza a Cabeza, que había quedado tirado en el monte. A la mañana, antes de que saliera el sol, Gómez le había dado al capataz la caja de cartón con la cabeza adentro. Teníamos que llevarla lo antes posible. Podían analizarla y saber si el perro tenía rabia.
Mi padre entró al auto mientras nos chistaba. Tenía que hacer algo y no quería que lo interrumpieran. Estaba enojado. Abrió la guantera. Sacó la billetera. Se metió el fajo de billetes en el bolsillo y salió del auto. El policía se paró delante de él, y lo cubrió con su espalda azul y maciza mientras estiraba la mano. Así eran las cosas y pagabas. Después mi padre vino al auto, cerró el baúl, entró, se sentó y arrancó sin contestarle a mi madre, que quería volver para buscar la caja con la cabeza del perro.
–Hijo de puta –dijo mi padre con la cara colorada, con los ojos clavados en el espejo retrovisor. Apretaba el volante con tanta fuerza que los dedos se le habían puesto blancos.
¿Y la cabeza? Preguntaron mis hermanos. ¿Se había podrido y por eso la había dejado tirada en el pasto? ¿Tenía gusanos, tenía los ojos abiertos, tenía espuma en la boca y sangre seca en el cuello? ¿Se veían las venas y los restos de carne en una cabeza recién cortada? Mi padre nos dijo que la cabeza que estaba en la caja de bananas Dole no era la cabeza de Cabeza. Era la cabeza de otro perro de Gómez. Cabeza debía estar corriendo por algún lado.
“Seguro que se fue”, dijo mi padre, con una admiración resignada, casi en clave. Se refería a Gómez, por supuesto.
Volvíamos a Buenos Aires en el primer auto que tuvimos. El sol ya había salido. Pasamos los carteles que decían Daireaux. Seguimos viaje.

martes, 8 de septiembre de 2020

Dejarse llevar / Liliana Heer

Foto: Verónica Bellomo 
                                          
Esa tarde, después de regar las plantas y recoger algunas prendas del patio, Alba comenzó a hojear el diario deteniéndose como de costumbre en dos secciones: Espectáculos y Avisos Clasificados. Su madre había ido a misa y esos momentos de soledad no dejaban de tener un singular atractivo.

Empezó por la crítica extensa de una película española. Un hombre sometía a máximas mutilaciones a su hermanastra convirtiéndose luego en víctima, debido a un accidente que lo obligó a permanecer el resto de sus días al cuidado de ella.

Los cuidados de su madre eran tan esmerados que por un instante deseó verla inmóvil o con alguna imposibilidad que no le permitiera circular más allá de los habituales registros de la feria. Cuando niña exigía su presencia constante para salvar la sensación de ser diferente a los demás. Después, una serie de hechos como la muerte del padre y el traslado del hermano mayor fueron cristalizando su reducido entorno. Ignoraba si los obstáculos provenían de su persona, o si la falta de acceso a los lugares que su edad requería era la causa del aislamiento.

Una fotografía llamó su atención. Mostraba a un hombre en una toma de medio cuerpo, con un brazo extendido hacia arriba y el otro hacia el costado, en postura de abrazar los barrotes de una celda. El sweater a rayas, la boca entreabierta y el cabello hasta la altura de las cejas. Bajo la foto estaba escrito el siguiente texto: “El Sena arrastra un cuerpo humano; en tales circunstancias el río adquiere un contenido solemne...”

Alba miró el reloj y comprobó que aún faltaba tiempo para que su madre volviera. Extrajo del ropero un cuaderno y se dispuso a tomar nota de algunos avisos de empleo. Varias páginas se encontraban cubiertas con direcciones a las cuales ya había mandado cartas, sin obtener respuesta en algunos casos, y en otros no pudiéndose presentar por haber obviado ciertos detalles. Registró primero el pedido de una maestra para enseñar dos idiomas (francés y alemán) a siamesas de nueve años, con el beneficio de una doble remuneración aunque la tarea fuese realizada al unísono. El segundo aviso consistía en el pedido de alguien cuya exclusiva actividad sería permanecer en un domicilio esperando la llegada de mercaderías que a la vez debería reenviar a otra dirección. Al tercero demoró en copiarlo. Lo leyó varias veces. Se trataba de la búsqueda de una secretaria para la Nueva Agencia de Relaciones Matrimoniales entre Personas Impedidas.

Alba desconocía por completo la existencia y por lo tanto el funcionamiento de este tipo de institución. Una sonrisa alteró su rostro, con rápidos movimientos comenzó a revisar los diarios de días anteriores con el objeto de encontrar mayor información sobre el tema, pero lo único que figuraba era el número de una Casilla de Correos: 3457. Ante lo infructuoso del intento resolvió escribir solicitando el cargo. De ese modo, en el caso de ser aceptada, podría conocer el sitio al cual dirigirse como solicitante del servicio. Para despertar el interés de los directores de la agencia, acompañó la solicitud con una fotografía de cuerpo entero de una mujer de 23 años, rubia, de aspecto extranjero y vestimenta acorde con los anteriores caracteres, y aclaró en la posdata: “La toma fue procesada en la ciudad de Munich el quince de marzo de 19. Cuando fui elegida Miss Secretaria. Espero que en este país el parámetro de observación sea equivalente”.
Su ocurrencia logró calmar la inicial inquietud. Alba dio por sentado que mediaban cortos días entre su ostracismo y el promisorio ingreso a un nuevo status familiar. Múltiples fueron las ideas que se fue planteando: estaría frente a personas cuya tarea consistía en detectar defectos para su mejor agrupación, por ende, no sería necesario ocultar los suyos. Esto en principio le resultaba inimaginable. Todos sus esfuerzos desde aquella fiesta de comunión, en que la diferencia se hizo indisimulable, habían estado centrados en concebir estrategias de engaño o revertir la situación de tal manera que el descolocado fuese el otro. Ahora presentaría sus síntomas con parsimonia. Después de todo, entre los incapacitados, su invalidez no era de las peores. Muchas veces se había detenido a observar la ceguera de una empleada de correos cuya función era hacer encomiendas. También, movida por la curiosidad, había seguido los juegos del conjunto mogólico constituido por los hijos menores del sacristán.

Un entusiasmo creciente se apoderó de Alba. Su desacostumbrada solicitud despertó en la madre una simétrica violencia. La señora entendía cualquier cambio como el producto de una desubicación. El peso de su cruz estaba tan calibrado que cualquier alteración la hacía sentir invadida por un malestar evidenciado mediante reproches. Alba, aunque consciente de la función de los reproches, mezcla de descarga y toma de poder, no podía evitar el enmudecimiento acompañado de dolor a la altura de las cuerdas vocales y lagrimeo. Esa noche conservó el estilo, pero sin lágrimas y se recluyó en su habitación a pensar en el encuentro que tendría con los candidatos.

Si bien le resultaba difícil mantener una postura realista por su tendencia al fantaseo, consideró de suma importancia hacerlo. De su padre hubiera querido heredar ese sutil respeto hacia la óptica clara en momentos complejos. El la hubiera ayudado con un papel y un lápiz haciendo cuadros de los posibles injertos. Su recuerdo la llevó a la aplicación del método. Comenzó por enumerar las malformaciones con puntajes decrecientes, acordes a la gravedad. Por ejemplo, mientras a un paralítico le adjudicaba un punto, a un hemipléjico dos y a un rengo nueve. Su predilección por los rengos la conmovió; la conmovió el contraste de dos figuras opuestas ligadas por un balanceo. “Incorruptible” “reverencia” “incorruptible” “reverencia” “incorruptible” “reverencia”. De frente, firme, armado y al paso siguiente, incluso en el intervalo, un soslayo imprevisto y: a todo servicio, siempre que quiera, de rodillas, tengo sed. Nada más que gestos: entretelones de duda.

Alba juzgó que su puntaje no alcanzaba la altura del signo anhelado; los ejercicios tempranamente iniciados habían sido incompletos y carecía de fluidez para entablar una comunicación franca con sus elegidos. Sin embargo, escalonó en abanico las diferentes clases que la categoría rengos incluía. Supuso que las variedades a tener en cuenta podrían estar determinadas por nacimiento versus adquisición y accidente versus enfermedad. El factor entrenamiento podía llegar a alterar los cruces, no obstante, era un considerando que por el momento excedía su análisis. Optó por dejar de lado “pie cobo”, concentrándose durante varias horas en diferentes tipos de prótesis; luego tomó la decisión de acostarse por sumatoria de cabeceos.

Los días anteriores al recibo de la carta fueron ricos en conjeturas. El giro se dio después. Frente a la carta de aceptación, con una amable cita, sus manos empezaron a temblar en contrapunto con un dolor agudo en las cuerdas vocales.

¿Cómo podía una simple respuesta alterar su festiva actitud de entrega, siendo previsible el contenido de la carta y coincidente con el entusiasmo que había sentido al enviar la fotografía? Se miró en el único espejo que había en la casa; como era pequeño recortaba sus cuatro extremidades. Miró la imagen revertida con la promesa de recurrir a un espejo mayor. Miró con ojos que intentaron borrar anteriores miradas de rutina. Atravesó el caparazón de su rostro mudo y con suavidad entreabrió los labios. Entreabrió los labios como para pronunciar su nombre, olvidada de las muecas, y todos los dientes le sonrieron. El nombre aún resonaba mientras ella con la mano en el mentón, índice de una espera, emprendió un diálogo que incluía sus ojos. Ya no miraban mirar, húmedos en caleidoscópico brillo vieron abrirse el íntimo acuerdo conquistado. La gracia de esa reversión persistió en otros espejos en los que con similar efervescencia, superando las costras, Alba observó los músculos y las turgencias que la conformaban. Cuello, hombros, dos brazos que no podían dejar de tocarse, el pecho con senos sedientos, la cintura velada por la vestimenta, pero intuida por los roces, más en las caderas y los muslos firmes. Poco conocía de su espalda. A sus piernas entreabiertas también las sintió desconocidas. Ella sola no podía hacerlo todo. Sería bueno ir, así, dejarse llevar al igual que el cuerpo arrastrado por las aguas del Sena.

martes, 1 de septiembre de 2020

Con las manos atadas / Claudia Piñeiro





Abrieron la puerta del baño y nos empujaron dentro. El más gordo nos tumbó en el piso, nos sentó espalda con espalda y, con una soga, nos ató las manos juntas. Luego salió y cerró la puerta con llave. Quedamos en silencio esperando que se fueran, todo lo que había de valor en la escribanía ya se lo habíamos entregado. Sin embargo, antes de irse, dieron una última revisada. Por el ruido sabíamos que estaban estrellando los libros contra el piso. La escribana estaba muy asustada, no debe ser fácil para una mujer joven y linda como ella pasar por una situación así. No es que a mí no se me hubiera cruzado por la cabeza que a lo mejor los tipos me terminaban pegando un tiro. Pero el susto de ella era distinto. Yo vi cuando el gordo le miraba las piernas con ojos libidinosos. Creo que si no fuera porque el que hacía de jefe lo apuraba todo el tiempo, terminaba haciéndole cualquier cosa. Tuvo suerte la escribana, la sacó barata.
Del otro lado de la puerta se oyó el ruido de un chorro de agua cayendo desde cierta altura.
–¿Y eso? –dije.
–Están meando, Gutiérrez –me contestó la escribana.
–Mientras no sea sobre el protocolo...
–¡Me importa un carajo el protocolo, Gutiérrez!
La escribana es un poco mal hablada. Una pena, no le queda bien. Y tampoco entiende demasiado del oficio de notario. Un escribano cuida el protocolo como a su propio hijo. Yo no tengo hijos, pero me lo puedo imaginar. A mí sí que me importaba que orinaran el protocolo. Pero claro, mi vida es esta escribanía. Todo lo que soy lo aprendí en este lugar. El tío de la escribana me lo enseñó. El doctor Azcona, el escribano. Él sí que hacía un culto de esta profesión. Para él preparar un testimonio, certificar una firma, hacer un estudio de títulos, eran palabras mayores. Él sabía lo que significaba dar fe; si Azcona ponía la firma uno se podía quedar tranquilo. En cambio esta chica, si no fuera porque estábamos Mirta y yo, no sé qué hacía. Mucha universidad y todas esas cosas, pero cuando hay que ir a los bifes, no entiende nada. El doctor Azcona no tenía hijos. En realidad a mí siempre me trató como a un hijo. Yo creo que fue para agradecerle todo lo que hizo por mí que me puse a estudiar abogacía. Y eso que cuando empecé ya había cumplido treinta y ocho años. Me costó bastante. Hubo materias que tuve que dar como tres o cuatro veces. Creo que por esa carrera me terminé separando de Julia. Yo no paraba ni un minuto. Las pocas horas libres que me dejaba la escribanía se las dedicaba al estudio, y ella se sintió sola y se terminó yendo. En el fondo la entendí. Julia había entrado en una edad difícil para una mujer. Además siempre tuvimos tiempos distintos, para todo. Al año de separarme me recibí de abogado y empecé con las materias para ser escribano, que era lo que yo realmente quería. El doctor estaba orgulloso de mí. Siempre me preguntaba cómo me iba en los exámenes, me prestaba libros. Yo estaba seguro de que cuando me recibiera, si pasaba el examen, iba a terminar siendo adscripto a su registro. Estudié tres años seguidos para dar ese examen pero nunca lo di. Porque entonces apareció ella, una sobrina que yo nunca había oído nombrar, con veintisiete años y el título de escribana recién sacado del horno. Me acuerdo de que el día que Azcona me llamó a su oficina y me dictó el borrador del poder por el que le dejaba todo a ella fue como si me hubieran tirado una balde de agua fría. Cuando pasé el poder al libro, me equivoqué tres veces, tuve que hacer tres enmiendas. La primera vez en mi vida que me equivocaba en el libro.
–Al fin perdiste la virginidad, Gutiérrez –me había dicho Mirta riéndose, mientras yo salvaba.
Se escuchó el golpe de la puerta de entrada al cerrarse, y luego un silencio.
Se fueron...
–¿A usted lo espera alguien, Gutiérrez?
–No... yo soy solo... me separé hace un tiempo.
–Entonces si no hacemos algo, hasta mañana no nos encuentra nadie.
Intentamos sacarnos la soga pero enseguida nos dimos cuenta de que era imposible y de que, cuanto más tirábamos, más se ajustaba el nudo.
La escribana giró sus piernas hacia la puerta y la empezó a patear. Yo la miré sobre mi hombro. Alcanzaba a verle la pantorrilla. En una de sus patadas se le voló un zapato. Traté de decirle que me parecía un esfuerzo inútil pero no me escuchó. Siempre parecía que no me escuchaba. Sobre todo cuando le iba con algún asunto de trabajo complicado.
–Gutiérrez, no me venga con problemas, soluciónelo, y cuando lo tenga resuelto me viene a ver.
Era evidente que ella no era escribana de raza. Esa chica estudió la profesión porque vio la veta que tenía con su tío. Lo único que parecía importarle eran los trajecitos que se ponía, demasiado cortos para lo que se usa en nuestro ambiente. Y que el color de los zapatos combinara con el de la cartera.
–Yo no puedo creer que tenga que pasar la noche acá....
–Por qué no se tranquiliza y trata de descansar...
–¡Gutiérrez, ¿a usted le parece que yo puedo descansar en estas condiciones?! ¡Tengo el culo frío por las baldosas del piso, las manos apretadas contra su trasero, y usted hablándome todo el tiempo!
Me parece que se le fue un poco la mano. A medida que el tiempo corría me tuvo que dar la razón. El sueño la fue venciendo. Me di cuenta por cómo se movía su espalda sobre la mía cuando respiraba. Acomodó su cabeza sobre mi hombro y la dejó caer para atrás.
–Apóyese tranquila escribana, que yo no tengo nada de sueño –le dije, pero no me oyó porque ya estaba dormida.
Se movía un poco y refregaba el pelo contra mi cuello. Hasta me hacía un poco de cosquillas. Pero no la iba a despertar, cómo le iba a hacer eso. Me acomodé como para que ella calzara mejor. Tenía puesto el perfume que usaba siempre, aunque esa vez parecía mucho más fuerte. Yo estaba acostumbrado a oler la estela que dejaba, pero sentirlo tan cerca me mareaba. Su oficina siempre olía a ella. Me acuerdo de que un día que firmó muchas actas y poderes, antes de guardar el protocolo, me lo llevé hacia la cara y lo olí. Era como si ella estuviera ahí, metida adentro del libro mismo. Nunca antes la había tenido tan cerca como en ese baño. Si giraba mi cabeza hacia su lado, podía apoyar mi nariz sobre su pelo y olerlo. Lo hice. Justamente la estaba oliendo cuando ella se despertó.
–Gutiérrez, ¿nos tiramos de lado así podemos dormir mejor?
–Como usted diga, escribana.
Nos dejamos caer hacia su derecha y fuimos estirando las piernas. Enseguida la escuché respirar profundo otra vez y supe que estaba dormida. Sentí la curva de su cola sobre la mía. Se acurrucó y apoyó su pie descalzo sobre mi pantorrilla. Me saqué los zapatos con esfuerzo, siempre me ajusto mucho los cordones para que no se me deshaga el nudo mientras camino. Yo camino mucho, treinta cuadras por día. Le saqué el zapato que le quedaba puesto y le froté la palma del pie. Pensé que podía tener frío. Sus manos se movieron en el hueco que dejaban las curvas de nuestras cinturas. Le quise dar calma y entrelacé mis dedos con los de ella. Acaricié sus dedos subiendo y bajando los míos tanto como la soga me lo permitía. La escribana tenía la piel suave. Lo comprobé haciendo pequeños círculos con mis yemas. Se ve que ella soñaba con alguien porque en un momento me apretó la mano fuerte, con confianza, como debía hacer con esos hombres que la llamaban todo el tiempo a la escribanía. Mi mano quedó aplastada contra la curva de su cola. La recorrí apenas y comprobé que era tal como la imaginaba. Me hubiera gustado apretarla. Por un momento me imaginé atado a ella, pero frente a frente, sintiendo su respiración sobre mi cara, llevando las manos atadas de los dos hasta sus pechos para tocarlos, sintiéndola donde más la sentía. Me imaginé que la besaba, una y otra vez, bien profundo, como si me quisiera meter dentro de ella. Me imaginé dentro de ella. Y fue tan real como cuando tenía catorce años y me movía entre las sábanas. Real aunque yo estuviera tirado en el piso del baño de la escribanía con las manos atadas. Porque lo que sucedía dentro mío solo era posible si yo estaba dentro de ella. Traté de que ese momento durara, que no se fuera, moviéndome apenas para no molestarla. Pero entonces, cuando sentía un placer que no recordaba haber sentido antes, no pude más y me dejé ir. Creo que fue mi último aliento lo que la despertó, me puse alerta, pero enseguida se durmió otra vez. Yo también me dormí.
Cuando Mirta entró a la mañana siguiente, no podía parar de gritar. La escribana empezó a patear la puerta otra vez, pero Mirta gritaba tanto que no la oía. Entonces grité yo, con una fuerza que no solo sorprendió a la escribana sino a mí mismo. Mirta trajo al portero del edificio y abrieron la puerta. Enseguida nos desataron. La escribana se quejó de sus brazos entumecidos. Creo que yo también los tenía entumecidos. La escribana le pidió a Mirta que llamara a la policía, mientras ella llamaba a alguien por la otra línea. Debe haber llamado a un hombre, le pidió que la viniera a buscar. Yo la espiaba mientras juntaba papeles orinados del piso. Tenía la pollera arrugada, estaba despeinada y el maquillaje se le había corrido. Me la quedé mirando.
–¿Qué mira, Gutiérrez? ¿Por qué no se va a dar una ducha y a descansar un poco?
Me puse colorado. Bajé la vista y me encontré con la bragueta de mi pantalón manchada de una humedad espesa. Agarré la carpeta de la “Sucesión Martín Cabrera” que estaba sobre el escritorio y la puse delante de mí. Miré a la escribana y a Mirta, ninguna me miraba.
–Andá tranquilo, Jorge, que yo me ocupo de todo –dijo Mirta–. Con la noche que pasaste, no sé cómo podés seguir en pie.
La escribana se fue primero. Le avisaron de abajo que la estaban esperando. Agarré mi sobretodo y salí.
El ascensor olía a ella.

martes, 25 de agosto de 2020

Ojos negros / Vlady kociancich




Es cierto que en los viajes se conoce gente. 

Pero no es menos cierto que esas relaciones, a veces muy intensas, pasan como un relámpago. Todo viajero sabe que una amistad nacida por azar en algún punto de su itinerario muere en el término del viaje. Cartas, llamados telefónicos y postales, solo demoran el inevitable silencio, finalmente el olvido. Nadie lo sabía mejor que mi prima Clara. 
Antes de cumplir treinta años se había convertido en una profesional de ausencias. 
–No tengo imaginación para otra cosa –decía alegremente a la familia alarmada por tanto viaje largo y caro. 
Era explicable, sin embargo. Cuando Clara recibió la herencia del tío Sebastián, solo conocía Mar del Plata. 
–Quisiera ver algo de mundo –le explicó a Tito, el novio, un muchacho de Quilmes que tenía terror a los aviones–. Y después nos casamos. 

Clara compró un lujoso tour a Oriente –Thailandia, Malasia, India, cuarenta días– volvió, pasó un fin de semana con Tito, le contó el viaje, hizo la valija y ese mismo lunes partió a Londres, punto inicial de un recorrido por el norte de Europa. 

A la altura en que la herencia empezaba a menguar, también las regiones ignotas de la folletería turística. Mi prima, que saltaba de un país a otro como en una rayuela planetaria, un día vio que solo le faltaban dos cuadros para llegar al Cielo: Rusia y Perú. 
–Elegí Rusia porque me quedaba más cerca –me dijo con ese envidiable candor de los que aprenden geografía en los aeropuertos: el vuelo salía de Berlín y Clara estaba en Frankfurt. 
Insólitamente, porque no era mujer cavilosa, cuando llamaban a embarcar tuvo un presentimiento. 
–De algo triste. No de algo malo ni de peligroso. ¿Qué puede pasarte en un tour cinco estrellas y organizado como un curso escolar? Había una función del Bolshoi en Moscú, una visita a Kiev, un balneario en el Mar Negro, comidas, bailes y sinfónica. 

Pero mi prima se sentía igual que en el cielo de Berlín: encapotada y gris. Subió al avión sin ganas. Por primera vez en las etapas de su carrera de turista, pensó en Tito. 
–Pensé en cómo le gustaba que le contara cada viaje y eso me animó. Este iba a ser el último. 
Pensando en Tito, Clara fue atravesando las jornadas de su aventura rusa. Miraba y le contaba, mentalmente. La orquesta de señoritas que en el hotel de Moscú tocó “Adiós muchachos”. Las tétricas catacumbas de los monasterios de Kiev. La fábrica de partes de astronaves en Volgogrado. El mar bien negro que hacía honor a su nombre. Hasta que una mañana, exhausta y algo confundida, Clara se encontró caminando entre plantas de té. 
–Yo que nunca tomaba más que algún té en saquito, me emocionó, de una manera rara, ese verde ondulante, el cielo azul. Y sentí ganas de llorar. Estaba muy lejos de casa. 

Estaba en Georgia, le explicó su guía. Georgia. A Clara le daba igual el nombre. Quería volverse a Buenos Aires, ni sabía por qué. No había motivo, solamente esa extraña congoja al ver la plantación, como si la belleza del paisaje le desgarrara el alma. 

Durmió una siesta para tranquilizarse. Soñó con té. 
–Una lluvia de té, oscura y suave, que caía, caía. Yo era muy feliz debajo de la lluvia de té. Muy pero muy feliz. Vieras qué lindo sueño. 

A las ocho, el programa marcaba cena y baile en Gardenia. 
El guía les pidió “ropa formal”. Quería decir ni bermudas ni zapatillas, pero Clara, argentina al fin, se vistió como para una velada en el Colón. 

Mi prima no era nada fea a esa edad, con su brillante pelo rubio, sus ojos grandes, su delgadez graciosa y algo torpe, como de chica que no terminaba de crecer. De largo, en blanco y seda, estaría muy bonita. 
–Estaba muerta de vergüenza –me dijo. El Gardenia era una confitería, pero más bien de Club Social y Deportivo, con la gente del barrio, familias, chicos, haciendo rueda a los bailarines, mirando y aplaudiendo desde las mesas, y yo tan elegante, tan ridícula. 

Al rato se olvidó, en la fiesta inocente del Gardenia, en el salón iluminado a pleno, los parlantes tronando música vieja, rock and roll de Bill Haley, lentos de Los Plateros, y muchachos que esperaban respetuosos el turno de sacarla a bailar, como en un cumpleaños de quince de la década del cincuenta. 

Clara fue un éxito. Pero el guía, un joven con cara de viejo, estaba incómodo. Rezongaba, que eso no era Moscú, que eso era Georgia, un lugar atrasado, que ella no se hiciera una idea equivocada de la diversión rusa. Y agriamente, con una mueca desdeñosa, seleccionaba de la cola de postulantes que se iba formando en la mesa de Clara, a los mejor vestidos o más serios. Uno nunca pasó el examen. 
–Lo noté –dijo mi prima– a eso de medianoche. Quieto como una estatua. Alto, de traje verde oscuro. Primero vi el traje, de ese color tan raro, que le quedaba un poco chico. Después los ojos. Negros. Me hacían acordar a la canción. Ochichornia. Ojos Negros. Yo venía de bailar, descansaba un minuto y sentía los ojos. Eran como la música. Pegadizos y tristes. Una vez se acercó a la mesa, habló con el guía. Se había peinado para atrás, con mucha agua, pero un mechón le resbalaba sobre la cara, y de perfil era una cara hermosa. Él hablaba en voz baja, suavemente, mi guía chillando. Pregunté qué pasaba, si el señor quería bailar cuál era el problema. El guía sacudió la cabeza, furibundo. Y Ojos Negros se retiró a su sitio, el último en la cola. Clara protestó, aunque, la verdad, no entendía. Le daba lástima, le parecía injusto. El guía se mantuvo inflexible. Los turistas eran su prioridad y los georgianos –dijo enfáticamente– eran georgianos. Mi prima no insistió más, ya que estaba de paso, ya que el baile seguía y había comprometido otras piezas. 

En algún momento, sintió que paraban la música. Ella también paró. Su compañero, un chico de ojos muy celestes, la miró asombrado, tropezando. Todos bailaban a su alrededor. 
–No era la música. Era la ausencia –dijo Clara–. Ojos Negros se fue, yo me di cuenta, no me preguntes cómo. 
Los llevaron de vuelta al hotel, a mi prima y al puñado de belgas y de canadienses del tour, de madrugada. En el camino, Clara vio la tierra verde oscura de las plantaciones de té que salía a la luz muy despacio, una inmensa alfombra de hojas que se iba despegando en el cielo, y con la alfombra también un largo sentimiento de pena, como de irse para siempre, antes de visitar la casa adonde conducía. Clara pensó que, en realidad, estaba muerta de cansancio por tanto baile, en un lugar extraño, y nada más. 
–Cuando lo vi –dijo– no me asusté. Aunque había un alboroto en el hotel y la conserje movía las manos como desesperada llamando al guía, que corrió enojadísimo. Todos hablaban en ruso, me daban órdenes en ruso. Ojos Negros era el único tranquilo, con su traje verde y sus ojos mirándome, callado, tan triste y tan seguro de que yo lo entendía. 

Mi prima me describió la escena. 
El mostrador, en mitad del pasillo, suerte de paso fronterizo a las habitaciones, con la gorda conserje de uniforme azul que entregaba las llaves. Una guía de otro tour, junto a la gorda, las dos mujeres lagrimeando. El guía de Clara frente a dos hombres, casi en puntas de pie, autoritario, rojo de indignación. El hombre de los ojos negros con un paquete chico en la mano. A su lado, un hombre mayor; de traje gris, que hablaba a las mujeres y el guía en un tono conciliador, lleno de suspiros y ademanes. 

La gorda se tocó el pecho, cerró los ojos como si le doliera, tomó una llave y se la entregó a Clara, mientras murmuraba algo en ruso. Mi prima la rechazó. Entonces, el hombre mayor se dirigió a ella, suplicante. 
–Traduzca –dijo Clara, y de muy mal modo el guía obedeció. 
“Mi amigo aquí”, dijo el hombre mayor, “le ofrece su corazón para que usted lo tome. Mi amigo dice que la ama como un hombre de bien. Que él no encuentra las palabras justas, tan grande es este amor y por eso me ha pedido que sea yo quien le hable. Debo decirle que mi amigo es honrado, que es soltero, que es dueño de una casa y de buena tierra donde cultiva el té. Si usted toma a mi amigo por esposo, será feliz porque la ama tanto. Esto no me pidió que lo dijera”. Hubo un silencio. El guía dijo, entre dientes: 
–Georgianos. Qué locura. 
Clara pensaba en cómo responder sin ofenderlo. Luego, despacio y eligiendo cada palabra, dijo que estaba conmovida, pero que era imposible. Ella vivía muy lejos, tenía novio, iba a casarse ese año. 
–No podía mirarlo –me contó–. Fue muy difícil. 

Ojos Negros escuchó la traducción, asintiendo, sereno; algo más pálido que antes. Después habló y el amigo tradujo: 
“Quiere entonces que acepte esta pequeña ofrenda como recuerdo de su gran amor. Es el té de su casa”. 

Cuando todos se fueron, la conserje le preparó una taza en su propio samovar y se la llevó al cuarto. Era un té muy oscuro, casi negro. Clara tomó unos sorbos delante de la mujer, que la miraba con angustia y restregándose las manos. 
–No me di cuenta –dijo Clara– de que yo estaba llorando. 
Mi prima Clara no volvió a viajar. Cuando le preguntaban por qué, decía: 
–Es mucha ausencia. 
Tampoco se casó. Cuando le preguntaban por qué, decía: 
–El hombre que me quiso vive en Georgia y Georgia está muy lejos. 
La familia sostiene que viajar no siempre es bueno para todo el mundo. 

martes, 18 de agosto de 2020

Las aguas del mar / Clarice Lispector


Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser humano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volviéndose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar.

Solo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones.

Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.

Son las seis de la mañana. Solo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro. ¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar.

Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en relación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es esa exigüidad que la vuelve pobre y libre, con su parte de libertad de perro en las arenas. Ese cuerpo entrará en el ilimitado frío que sin rabia ruge en el silencio de las seis. La mujer no lo sabe, pero está realizando una hazaña. Con la playa vacía a esa hora de la mañana, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la entrada en el mar en simple juego liviano de vivir. Ella está sola. El mar salado no está solo porque es salado y grande, y eso es una realización. A esa hora ella se conoce menos todavía de lo que conoce el mar. Su hazaña es, sin conocerse, entretanto, proseguir. Es fatal no conocerse, y no conocerse exige valor.

Va entrando. El agua salada está tan fría que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal —y la alegría es una fatalidad— ya la posee, aunque todavía no se le ocurra sonreír. Por el contrario, está muy seria. El olor es de una marejada atontadora que la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ahora ella está alerta, aun sin pensar. La mujer es ahora compacta y leve y aguda; se abre camino en la gelidez que, líquida, se opone a ella, mientras la deja entrar, como en el amor, en que la oposición puede ser una petición.

El camino lento aumenta su valor secreto. Y de repente ella se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan por un instante ciega, escurriéndose (espantada, de pie, fertilizada).

Ahora el frío se convierte en hielo. Avanzando, ella abre el mar por el medio. Ya no precisa valor, ahora ya es antigua en el ritual. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale escurriéndose sobre los ojos salados que arden. Brinca con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol, casi inmediatamente endurecidos por la sal. Con la concha de las manos hace lo que siempre hace en el mar, y con la altivez de los que nunca dan explicaciones ni a ellos mismos: con la concha de las manos llenas de agua, bebe en grandes sorbos, buenos.

Era eso lo que le faltaba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella está toda igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y retroceden, pues ella es una muralla compacta.

Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe, más agua, ahora sin ansiedad, pues no precisa más. Ella es la amante que sabe que lo tendrá todo, otra vez. El sol se abre más y la eriza, al secarla, ella se sumerge de nuevo; está cada vez menos ansiosa y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere quedar de pie, parada en el mar. Así queda, pues. Como contra los costados de un navío, el agua bate, vuelve, bate. La mujer no recibe transmisiones. No precisa comunicación.

Después camina dentro del agua, de regreso a la playa. No está caminando sobre las aguas —ah, nunca haría eso después de que hace miles de años ya alguien caminara sobre las aguas—, pero nadie le puede quitar eso: caminar dentro de las aguas. A veces el mar le opone resistencia, empujándola con fuerza hacia atrás, pero entonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera.

Y ahora pisa en la arena. Sabe que está brillante de agua, y de sal, y de sol. Aunque lo olvide dentro de unos minutos, nunca podrá perder todo eso. Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son de náufrago. Porque sabe que ha corrido un riesgo. Un riesgo tan antiguo como el ser humano.

martes, 11 de agosto de 2020

Perdiendo velocidad / Samanta Schweblin




Foto: Roberto Ricciuti

Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Tardó en sacar la vista de los huevos.
—Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.
Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto. 
—No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.
—¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.
Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas aterciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría —el público atento a la mecha que se consumía—, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad.
Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo. 
 —Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.
Miró los huevos.
—Creo que me estoy por morir.
Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.
—Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.
Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living y cayó muerto en el piso.
Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar. 
—¿Café? —pregunto.
—¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.

martes, 4 de agosto de 2020

El libro /Sylvia Iparraguirre

Fotografía de Josefina Itoiz

El hombre miró la hora: tenía por delante veinticinco minutos antes de la salida del tren. Se levantó, pagó el café con leche y fue al baño. En el cubículo, la luz mortecina le alcanzaba su cara en el espejo manchado. Maquinalmente se pasó la mano de dedos abiertos por el pelo. Entró al sanitario, allí la luz era mejor. Apretó el botón y el agua corrió. Cuando se dio vuelta para salir, de canto contra pared, descubrió el libro. Era un libro pequeño y grueso, de tapas duras, anormalmente pesado. Lo examinó un momento. No tenía portada ni título, tampoco el nombre del autor o el de la editorial. Intrigado, bajó la tapa del inodoro, se sentó y pasó distraído las primeras páginas. Miró el reloj. Faltaba para la salida del tren.

Se acomodó y leyó parte al azar, con mayor atención. Sorprendido reconoció coincidencias. Volvió atrás. En una página leyó nombres de lugares y de personas que le eran familiares; más todavía, con el correr de las páginas encontró escritos los nombres de pila de su padre y su madre. Unos tres capítulos más adelante apareció completo, sin error posible, el de Gabriela. Lo cerró con fuerza; el libro le producía inquietud y cierta repugnancia. Quedó inmóvil mirando la puerta pintada toscamente de verde, marcada por inscripciones de todo tipo. Pasaron unos segundos en los que sintió el ajetreo lejano de la estación y la máquina express del bar. Cuando logró calmar un insensato presentimiento, volvió a abrirlo. Recorrió las páginas sin ver las palabras. Finalmente sus ojos cayeron sobre unas líneas: En el cubículo, la luz mortecina le alcanza su cara en el espejo manchado. Maquinalmente se pasó la mano de dedos abiertos por el pelo. Se levantó de un salto. Con el dedo entre las páginas fue a mirar asombrado el espejo, como si necesitara corroborar con alguien lo que estaba pasando. Volvió a abrirlo. Se levanta de un salto. Con los dedos entre las páginas va a mirarse asombrado… El libro cayó dentro del lavatorio transformado en un objeto candente. Lo miró horrorizado. Su tren partía en diez minutos. En un gesto irreprimible que consideró de locura, recogió el libro, lo metió en el bolsillo del saco y salió. Caminó rápido por el extenso hall hacia la plataforma. Con angustia creciente pensó que cada uno de sus gestos estaba escrito, hasta el acto elemental de caminar. Palpó el bolsillo deformado por el peso del libro y rechazó, con espanto, la tentación cada vez más fuerte, más imperiosa, de leer las páginas finales. Se detuvo, faltaba tres minutos para la partida. Qué hacer. Miró la gigantesca cúpula como si allí pudiera encontrar una respuesta. ¿Las páginas le estaban destinadas o el libro poseía una cualidad mimética y se refería a cada persona que lo encontraba? Apresuró los pasos hacia el andén pero, por alguna razón inexplicable, volvió a girar y echó a correr con el peso muerto en el bolsillo. Atravesó el bar zigzagueando entre las mesas y entró en el baño. El libro era un objeto maligno en su mano; luchó con el impulso casi irrefrenable de abrirlo en el final y lo dejó en el piso, detrás de la puerta. Casi sin aliento cruzó el hall. Corrió por el andén como si lo persiguieran. Alcanzó a subir al tren cuando dejaban la estación atrás y salían al aire abierto; cuando el conductor elegía una de las vías de la trama de vías que se abrían en diferentes direcciones.