lunes, 14 de agosto de 2017

Virginia Woolf / Una habitación propia




(Fragmento)

CAPÍTULO 1 

Pero, me diréis, le hemos pedido que nos hable de las mujeres y la novela. ¿Qué tiene esto que ver con una habitación propia? Intentaré explicarme. Cuando me pedisteis que hablara de las mujeres y la novela, me senté a orillas de un río y me puse a pensar qué significarían esas palabras. Quizás implicaban sencillamente unas cuantas observaciones sobre Fanny Burney; algunas más sobre Jane Austen; un tributo a las Brontë y un esbozo de la rectoría de Haworth bajo la nieve; algunas agudezas, de ser posible, sobre Miss Mitford; una alusión respetuosa a George Eliot; una referencia a Mrs. Gaskell y esto habría bastado. Pero, pensándolo mejor, estas palabras no me parecieron tan sencillas. El título las mujeres y la novela quizá significaba, y quizás era éste el sentido que le dabais, las mujeres y su modo de ser; o las mujeres y las novelas que escriben; o las mujeres y las fantasías que se han escrito sobre ellas; o quizás estos tres sentidos estaban inextricablemente unidos y así es como queríais que yo enfocara el tema. Pero cuando me puse a enfocarlo de este modo, que me pareció el más interesante, pronto me di cuenta de que esto presentaba un grave inconveniente. Nunca podría llegar a una conclusión. Nunca podría cumplir con lo que, tengo entendido, es el deber primordial de un conferenciante: entregaros tras un discurso de una hora una pepita de verdad pura para que la guardarais entre las hojas de vuestros cuadernos de apuntes y la conservarais para siempre en la repisa de la chimenea. Cuanto podía ofreceros era una opinión sobre un punto sin demasiada importancia: que una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas; y esto, como veis, deja sin resolver el gran problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela. He faltado a mi deber de llegar a una conclusión acerca de estas dos cuestiones; las mujeres y la novela siguen siendo, en lo que a mí respecta, problemas sin resolver. Mas para compensar un poco esta falta, voy a tratar de mostraros cómo he llegado a esta opinión sobre la habitación y el dinero. Voy a exponer en vuestra presencia, tan completa y libremente como pueda, la sucesión de pensamientos que me llevaron a esta idea. Quizá si muestro al desnudo las ideas, los prejuicios que se esconden tras esta afirmación, encontraréis que algunos tienen alguna relación con las mujeres y otros con la novela. De todos modos, cuando un tema se presta mucho a controversia —y cualquier cuestión relativa a los sexos es de este tipo— uno no puede esperar decir la verdad. Sólo puede explicar cómo llegó a profesar tal o cual opinión. Cuanto puede hacer es dar a su auditorio la oportunidad de sacar sus propias conclusiones observando las limitaciones, los prejuicios, las idiosincrasias del conferenciante. Es probable que en este caso la fantasía contenga más verdad que el hecho. Os propongo, por tanto, haciendo uso de todas las libertades y licencias de una novelista, contaros la historia de los dos días que han precedido a esta conferencia; contaros cómo, abrumada por el peso del tema que habíais colocado sobre mis hombros, lo he meditado e incorporado a mi vida cotidiana. Huelga decir que cuanto voy a describir carece de existencia; Oxbridge es una invención; lo mismo Fernham; «yo» no es más que un término práctico que se refiere a alguien sin existencia real. Manarán mentiras de mis labios, pero quizás un poco de verdad se halle mezclada entre ellas; os corresponde a vosotras buscar esta verdad y decidir si algún trozo merece conservarse. Si no, la echáis entera a la papelera, naturalmente, y os olvidáis de todo esto.

viernes, 11 de agosto de 2017

Viernes_Ilustradas - Blanca Gervilla

BGervilla
Más conocida como Blanca Gervilla, joven ilustradora reside en Palma de Mallorca, luchadora, activista y libre. Ilustra para el #ProyectoKahlo y reparte sus "mujeres" por las calles de Palma de Mallorca y del resto del mundo, también pasaron por Buenos Aires. Su arte es social y reivindicativo, un grito claro, potente y renovador que pisa fuerte, un arte defensor del feminismo, de la libertad sexual, de género y de cualquier otro derecho.



Más de su obra en @BGrvilla
https://www.facebook.com/BGrvilla/

miércoles, 9 de agosto de 2017

Mujeres_al_Lente // María Svarbova

María Svarbova
Fotógrafa Eslovaca sus fotografías se asemejan a un sueño que mezcla la realidad con elementos de surrealismo y del Art Nouveau. Sus últimas fotografías se centran en el minimalismo y la pureza.
Desde el principio ha desarrollado un estilo propio y diferenciado, partiendo de los retratos tradicionales para centrarse en la experimentación con el espacio, el color y la atmósfera. Su interés por la arquitectura y los espacios públicos, generalmente los construidos en la era socialista, le ha llevado a crear escenarios únicos. El cuerpo humano en sus fotografías es más o menos un apoyo, sin individualidad ni emociones. Gracias a una cuidadosa composición, las figuras crean escenas que parecen sueños a través de objetos ordinarios, con una tensión silenciosa, el drama se oculta bajo una superficie limpia y lisa.
Incluso en sus obras más ornamentales y nostálgicas hay una sensación de frío desapego. Acciones cotidianas como el deporte o la visita médica se congelan en un momento, dando un nuevo significado a la escena. Los suaves pasteles, la geometría y la pureza visual dan una sensación de orden ultramundano, placer visual inalterable que es inalcanzable en la vida real.





Más de su obra en www.mariasvarbova.com

lunes, 7 de agosto de 2017

Armonía Somers / El hombre del túnel




Cuento para confesar y morir

Iba saliendo de aquel maldito caño -un tubo de cemento de no más de cincuenta centímetros de diámetro en el que había tenido el coraje de meterme para atravesar la carretera- cuando lo conocí. Contaba entonces siete años. Eso explicará por qué, si es que se puede cruzar normalmente una senda, alguien pensara en la angosta alcantarilla como vía. Y que todo el sacrificio de aquel pasaje inaudito, agravado por la curva de la bóveda, fuese para nada, absolutamente para y por nada.
Reptando a duras penas, oliendo con todos los poros el vaho pútrido de la resaca adherida a la superficie, logré alcanzar la mitad del tubo. Fue en ese preciso punto de caramelo de la idiotez cuando sucedieron varias cosas, una de ellas completamente subjetiva: el pensar que pudiera aparecerse de golpe algo terrorífico, desde víbora a araña, siendo imposible el giro completo del cuerpo, y debiéndose imaginar la marcha atrás como una persecución frontal por el monstruo. Entonces, y ya instaurada para siempre la desgracia de la claustrofobia, se advirtieron estos dos leves indicios compensatorios: ver aproximarse cada vez más la boca del caño a la punta de mi lengua y vislumbrar los pies de un hombre, al parecer sentado sobre la hierba, según la posición de sus zapatos.
Es claro que ni por un momento caí en pensar que era yo quien había estado buceando hacia todo, sino que las cosas se vendrían de por sí, a fuerza de tanto desearlas. (Dios, yo nunca te tuve, al menos bajo esa forma de cómoda argolla de donde prenderse en casos extremos, ni siquiera como la cancelación provisoria del miedo). Así, solamente asistida por una imagen circular y dos pies desconocidos, fue cómo llegué a la boca de la alcantarilla, hecha una rana bogando en seco, y exploré la cosa.
El hombre de las suelas, gruesas y claveteadas en forma burda, estaba sentado, efectivamente. Pero no sobre la hierba, sino en una piedra. Vestía de oscuro, llevaba un bigote caído de retrato antiguo y tenía una ramita verde en la mano.
Mi salida del agujero no pareció sorprenderlo. Aun sin sacar todo el cuerpo, respirando fatigosamente y tatuada por la mugre del caño, debí parecerle un gusano del estiércol que va a tentar suerte al aire de los otros bichos. Pero él no hizo preguntas, no molestó con los famosos cómo te llamas ni cuántos años con que a uno lo rematan cuando es chico, y que tantas veces no habrá más remedio que contestar mostrando la retaguardia en un gesto típico. Si acaso intentó algo fue sonreír. Pero con una sonrisa de miel que se desborda. Y elaborada al mismo tiempo con los desechos de su propia soledad, quizás de su propio túnel, como siempre que la ternura se quede virgen en esta extraña tierra del desencuentro.
Entonces yo emergí del todo. Es decir, me incorporé enfrentándolo. De nuevo volvió él a echarme por encima aquel baño total de asentimiento, una especie de connivencia en la locura que me caló hasta los tiernos huesos.
Nadie en la vida había sido capaz de sonreírme en tal forma, debí pensar, no sólo completamente para mí tal una golosina barata cualquiera, sino como si se desplegase un arcoíris privado en un mundo vacío. Y casi alcancé a retribuírselo. Pero de pronto ocurre que uno es el hijo de la gran precaución. Hombre raro. Policía arrestando vagos. Nunca. Cuidado. Eran unas lacónicas expresiones de diccionario básico, pero que se las traían, como pequeños clavos con la punta hundida en la masa cerebral y las cabezas afuera haciendo de antenas en todas las direcciones del riesgo. Malbaraté, pues, el homenaje en cierne y salí a todo correr, cuanto me permitió e! temblequeo de piernas.
El relato, balbuceado en medio de la fiebre en que caí estúpidamente, se repitió con demasía. Y así, sin que nadie se diera cuenta de lo que se estaba haciendo, me enseñaron que había en este mundo una cosa llamada violación. Algo terrorífico, según se lograba colegir viendo el asco pegado a las caras como las moscas en la basura. Pero que si, de acuerdo con mi propia versión del suceso, podría provenir de aquel hombre distinto que había sonreído para mí desde la piedra, debía ser otra historia. Violación, hombre dulce. Algo muy sucio de lo que ellos estarían de vuelta. Pero sin que nada tuviese que ver con mi asunto, divisible solamente por la unidad o sí mismo, como esos números anárquicos de la matemática elemental que no se dejan intervenir por otros. Tanto que supuse que violar a una niña sería como llevársela sobre un colchón de nubes, por encima de la tierra suspicaz, a un enorme granero celeste sin techo ni paredes. Y a estarse luego a lo que sucediera.
Así fue cómo la imagen inédita de mi hombre permaneció inconexa, tierna y desentendida de todo el enredo humano que había provocado. Detuvieron a unos cuantos vagabundos, y nada. Mi descripción no coincidía nunca con harapos, piojos, pelo largo, dientes amarillos. Hasta que un día decidí no hablar más. Me di cuenta de que eran unos idiotas crónicos, pobres palurdos sin aventura, incapaces de merecer la gracia de un ángel que nos asiste al salir del caño. Y todo quedó tranquilo. Pero eso no fue sino el prólogo. Él reapareció muchas veces, se diría que siete, las suficientes para una completa terrenidad. Y aquí comienza la verdadera historia. El hombre de la acera de enfrente. El único que asistió a mi muerte. La revelación final del vacío.
Yo vivía entonces en una buhardilla. La había elegido por no tener nada encima ni a los costados, una especie de liberación inconsciente del túnel, por si esto fuera saber sicoanalizarse. Una vez, luego de cierta enfermedad bastante larga, abrí la ventana para regar unas macetas y lo vi. Sí, lo vi, y era el mismo. Con tantos años más encima, y no había cambiado ni de edad, ni de traje, ni siquiera de estilo en el bigote. Se hallaba parado junto a una columna y, aunque nadie pudiese creerlo, tenía la misma ramita verde de diez o doce años atrás en la mano. Entonces yo pensé: esta vez será mío. Sólo que su imagen no tendrá profanadores, no irá a caer en los sucios anales del delito común, al menos siendo yo quien lo entregue... En ese preciso golpe mental de mi pensamiento, él levantó la cabeza, desde luego que reconociéndome, y volvió a sonreírme como en la boca del túnel. (Dios mío, haz que no se pierda de nuevo —dije agarrándome de la famosa argolla del ruego—. Otros tantos años después del después no serían lo mismo. Sólo tiempo de bajar a decirle que yo no lo acusé. Y no únicamente eso, sino todo lo demás, las dulces historias que su presunta violación había sido capaz de provocar más tarde, en toda soledad que Tú desparramases bajo el cielo, cuando las horas eran propicias y las uvas maduraban en sus auténticos veranos...).
Tomé el teléfono y marqué el número del negocio vecino al lugar donde él había reaparecido.
-Perdone -dije contrariando mi repugnancia a este tipo de humillaciones- habla la estudiante que vive en el último piso de enfrente...
 -Sí... ¿Y?
-Bueno, usted no lo podría comprender. Quiero, simplemente, que salga y diga a ese hombre vestido de oscuro y con una ramita en la mano que está junto a la columna, que la muchacha que regaba las macetas es aquella misma chiquilla del túnel. Y que ya baja a encontrarlo, que no vaya a perderse de nuevo a causa de los cinco pisos que deberá hacer para reunírsele. ¡Corra, se lo suplico!
-Nada más, ¿eh? — se atrevió a preguntar el tipo.
-Vaya de una vez -le ordené con una voz que no parecía salir de mis registros- lo espero sin cortar. ¡Es que ya no podrían pasar de nuevo los mismos años, nunca es el mismo tiempo el que pasa!
Mis incoherencias, la locura con que le estaría machacando el oído, lo hicieron salir a la calle. Le observé mirar hacia el punto preciso que yo había indicado, mover la cabeza negando, y aumentar después el área de reconocimiento. Al cabo de unos segundos, y mientras yo veía aún al forastero en la misma actitud, volvió con esta estúpida rendición de noticias:
-Oiga, ¿por qué no se guarda las bromas para otro? Junto a la columna no hay ningún tipo, ni nada que se le parezca. Esto no es un episodio del hombre invisible, qué diablos...
-¡Bromas las que quiere hacer usted, no yo -le grité histéricamente- está aún ahí, lo sigo viendo!
-Eso si no agarró las de villadiego al ver que yo o usted lo habíamos pescado a punto de robarse mi bicicleta, ¿no?
-¡Cállese, pedazo de bruto!
-O las de cruzar la calle, no más -agregó tomándose confianza- para trepar de cuatro en cuatro a su altillito... Porque yo siempre pienso que usted duerme ahí demasiado sola y que cualquiera sería capaz de ir a acompañarla con gusto...
Le corté el chorro sinfín de la estupidez con que amenazaba inundar el mundo. Y hasta descubrir quién sabría qué conexiones secretas con los demás, los de aquel tiempo qué se me había ido perdiendo entre uno y otro año nuevo, llevándose sus caras. Por breves minutos de marcha atrás, volví a sentir mi aire abanicado por sus alientos, algunos como el del parto de las flores, pero otros tan iguales al de esas mismas flores cuando se pudren, que casi hubiera sobornado a la muerte para que se los arrastrara de nuevo.
Fue entonces cuando comprendí que jamás, en adelante, debería comunicar a nadie mi mensaje. Todo era capaz de quedar injuriado en el trayecto por el puente que ellos me tendían. Y en forma vaga llegué a intuir que ni yo misma estaría libre de caer en sus fabulaciones, que era necesario liberar también al hombre de mí propio favor simbólico, tan basto como el de cualquiera.
Cerrado, pues, el trato definitivo, y mientras él seguía en la misma actitud de contemplación, sin enterarse siquiera de que el dueño de la bicicleta la sacaba del apoyo de la columna llevándosela al interior de la tienda, yo salí como una sonámbula hacia la escalera.
Iría, quizás, hablando sola, o contraviniendo la velocidad normal, o en ambas cosas a la vez, cuando la mujer de color indefinido que subía resoplando con un bolso lleno de provisiones en la mano, se interpuso en mi camino. Ya antes de pretender su prioridad, se me había hecho presente con un olor como de escoba mojada con que traía inundado el pasillo. La estaba imaginando en una pata, yéndose a la oscuridad de la rinconera a colgarse sola por una argollita de hilo sucio que ella misma se habría atado en la ranura del cuello, cuando persistió en tomarse toda la anchura del pasaje. Luchábamos por el espacio vital, sin palabras, a puro instinto de conservar lo más caro, ella su vocación de estropajo, yo la boca del túnel donde iba a hallar de nuevo algo que me pertenecía, cuando no tuve mas remedio que empujar. Sí, empujar, qué otra cosa. Dos veces no va uno a dejarse interferir por nadie, mientras hace equilibrios en la cuerda tirante del destino sobre las pequeñas cabezas de los que miran de abajo.
Y llegó ella primero que yo, es claro. Cuando la volví a ver en el último descanso, mirándome fijamente con dos ojos de vidrio entre el desparramo de sus hortalizas, ya era tarde. El hombre había desaparecido. No diré que para siempre. Mas su periodicidad, contándose desde mi violación a mi primer crimen, luego a las otras menudencias de las que él fue también principal testigo, y en las que siempre los demás actuaban de desencadenantes, se me llevó pedazos de la pobre vida que nos han dado. Es que uno merodea por años alrededor de ese algo que nos van a quitar, y luego hasta tiene valor para esperar a que el vino se ponga viejo. Así, cuando mucho tiempo después cambié las escaleras por ascensor automático, y nadie supo en el piso de dónde venía la mudanza, casi llegué a saludar a una mujer parecida a mí que se echaba hacia atrás los cabellos en un espejo del pasillo. Dios mío, iba a decir ya como alguna otra vez en las apuradas. Pero recordé de pronto el peor y el mejor de mis trabajos, aquel de quitarle limpiamente su hombre a una prójima desconocida. Y decidí que mi pelo ya desvitalizado era una cosa de poca monta para andar a los golpes en la última puerta en busca de lástima.
Hasta que cierto atardecer lluvioso, no podría decir cuánto tiempo después, el hombre del túnel volvió a aparecer en esa y no otra acera de enfrente, con el olfato de un perro maníaco que anduviera de por vida tras la pieza. Entonces yo decidí que nada en este mundo podría impedirme ya que me precipitase a su encuentro definitivo. Estaba así, sin intermediarios de ninguna especie, apretando el botón de la jaula, cuando vi recostada a la pared la escalera de emergencia.
-Eso es, lo de siempre -farfullé- la atracción invencible del caño, aunque la senda normal sea ahora ésta que va y viene verticalmente con su incuestionable eficacia propia.
De pronto, y mientras la puerta del ascensor se abría de por sí como un sexo acostumbrado, el pasamanos grasiento de la escalera se me volvió a insinuar con la sugestión de un fauno tras los árboles. El minuto justo para cerrarse la puerta de nuevo. Y yo hacia atrás de la memoria, cabalgando en los pasamanos tal como alguien debió inventarlos para los incipientes orgasmos, que después se apoderan de las entrañas en sazón, hasta terminar achicándose en los climaterios como trapo quemado.
-¡Sí! -grité de golpe, completamente libre ya de toda carga, incluso la de los otros, que también soportan lo suyo encima.
Aquel sí colgado del vacío, sin más significación que la de su arrasamiento, se quedó unos instantes girando en el aire de la caja con otros sí más pequeños que le habían salido de todo el cuerpo y me acompañaron hasta la puerta. Crucé luego la calle con el mismo vértigo con que había cabalgado la escalera, ajena a la intención de las ruedas que se me venían como si el mundo entero hubiese enfilado sus carros en busca de mis vísceras. Yo estaba sorda y ciega a todo lo que no fuera mi objetivo, el abrazo consustancial del hombre de la ramita verde que seguía parado allí, sin edad, omiso ante la obligación de correr como un loco detrás del tiempo. Fue entonces cuando pude ver fugazmente cómo el violador de criaturas, el ladrón, el asesino, el que codicia lo que no le fue dado, y el todo lo demás que puede ser quien ha nacido, abría los brazos hacia mí. Pero en una protección que no se alcanza si las ruedas de un vehículo llegaron primero. Lo vi tanto y tan poco que no puedo describirlo. Era como un paisaje tras los vidrios del tren expreso, con detalles que nunca se conocerán, pero que igualmente aterciopelan la piel o la erizan de punta a punta.
-Gracias por la invención de las siete caídas -alcancé a decirle viendo rodar mi lengua como una flor monopétala sobre el pavimento.
Entré así otra vez en el túnel. Un agujero negro bárbaramente excavado en la roca infinita. Y a sus innumerables salidas, siempre una piedra puesta de través cerca de la boca. Pero ya sin el hombre. O la consagración del absoluto y desesperado vacío.

jueves, 3 de agosto de 2017

6º mes mirando películas dirigidas por mujeres

The Future - Miranda July  - EE.UU/2011 - Comedia dramática/Cine independiente

Sinopsis:  A partir del momento en que una pareja decide adoptar a un gato, su perspectiva de la vida cambia tan radicalmente que altera su percepción del tiempo y del espacio, y llega a poner a prueba su amor y su confianza. A pesar de sus buenas intenciones, la idea de perder la libertad les aterra y por eso deciden renunciar a sus trabajos para lanzarse tras sus sueños. Sophie y Jason viven en dos realidades diferentes, vacías y aterradoras. Ahora deberán reencontrar el tiempo, el espacio y sus almas si quieren volver a casa.

Comentarios: La película reflexiona sobre la madurez, el tiempo y la necesidad de sentirse queridx y acompañadx. Se habla de la conciencia de la propia muerte, de nuestra contingenia, del temor a la soledad y al paso del tiempo. La narrativa es poco convencional y la fotografía serena y cálida.

Una película con un gato que piensa en voz alta, un tipo capaz de parar el tiempo y una treintañera  que ensaya delirantes coreografías para subirlas a Youtube tiene tanto potencial para irritarnos como para seducirnos. 






Seeking a Friend for the End of the World - Lorene Scafaria - EE.UU/2012 - Comedia 

Sinopsis: Un hombre se queda solo cuando un asteroide está por provocar la extinción de la humanidad. Poco tiempo después que su mujer lo deja recibe una carta de la novia de la secundaria.Su vecina lo acompaña en el viaje para reunirse con ella. 

Comentarios: Muestra el fin del planeta Tierra desde una óptica diferente. Los protagonistas asumen sus destinos, no intentan sobrevivir si no más bien de aprovechar el poco tiempo que queda. La mezcla de comedia y melodrama abre el juego de esta aventura.







The Diary of a Teenage Girl - Marielle Heller - EE.UU/2015 - Comedia dramática/Cine independiente

SinopsisSan Francisco, años 70. Minnie Goetze es una chica de 15 años, solitaria, que  Con una insaciable curiosidad por el mundo que la rodea, Minnie Goetze, una adolescente que crece en la contracultura de la década del ´70 en San Francisco, aspira a ser artista de cómics. Todo cambia en su interior y comienzan los problemas luego de acostarse con el novio de su madre. Es una obra autobiográfica que sigue a su protagonista, Minnie, a través de un viaje por su sexualidad e identidad.

Comentarios: Es una adaptación de la novela gráfica homónima creada por Phoebe Gloeckner, que cuenta las memorias de su despertar sexual, su iniciación en el arte, la autogestión del deseo y la utopía personal. Es una película valiente e importante por su confluencia  de voces, puntos de encuentro y posible expansión,  de una serie de discursos femeninos que encontraron en  la intimidad las mejores armas para la autoexpresión, la construcción de su identidad y el rechazo de los valores impuestos.




Things I Never Told You - Isabel Coixet - España/EE.UU/1996 - Drama

SinopsisA Ann, que trabaja en una tienda de artículos de fotografía,  su novio deja por teléfono. Para intentar recuperarlo, ella graba videos donde le dice cosas que nunca le dijo. Don es un vendedor de casas que en su tiempo libre presta servicio voluntario en el Teléfono de la Esperanza. Las vidas de Don y de Ann, al cruzarse, experimentan cambios fundamentales.

Comentarios: Amarga historia con las puertas abiertas a la esperanza que cuenta la historia de dos jóvenes que viven inmersos en la soledad de sus pensamientos, en una apatía que no les permite luchar por encontrar una salida. 

(El trailer  no le hace justicia a la película pero es el único que encontré)


Lore - Cate Shortland - Alemania/Australia/ Reino Unido/2012 - Drama

SinopsisCorre la primavera del ´45, el ejército alemán se derrumba, las fuerzas aliadas están entrando por todo el país, y con sus padres ausentes y el Tercer Reich desmoronándose, la joven Lore  decide llevar a sus cuatro hermanos 500 km a través de Alemania hasta la casa de su abuela.

ComentariosAdaptación de la novela 'El cuarto oscuro', de Rachel Seiffert. Es el retrato de la familia de un oficial de las SS en plena debacle del nazismo. Final de la infancia.Muestra como Lore, nacida y criada bajo la sombra de un antisemitismo visceral, sale de la infancia mientras  Alemania pasa de ser una nación conquistadora a un estado ocupado.Gran actuación de la protagonista.





Bend It Like Beckham - Gurinder Chadha - Reino Unido/2002 - Comedia


Sinopsis: Jess, una adolescente hindú que sólo quiere jugar al fútbol como David Beckham, conoce a Jules, una chica que la invita a unirse al equipo de fútbol femenino local. Mientras la amistad  avanza les gusta el mismo chico, su entrenador. Los padres de Jess se oponen a que juegue al fútbol y pretenden que sea como su hermana mayor que está por casarse. 

Comentarios: La película  invita a la reflexión, la tolerancia y la celebración del mestizaje. Y aborda con humor  las expectativas culturales fomentadas hoy hacia la mujer. 



miércoles, 2 de agosto de 2017

Mujeres_al_Lente - Lidia Vives

Lidia Vives 
Fotógrafa catalana , estudió Bellas artes, realiza fotografía de moda, de bandas musicales y fotografía artística. 
Su trabajo se caracteriza por el ambiente pictórico, el uso del color y el carácter onírico que logra transmitir. Recurre a los cuentos tradicionales, los clásicos de la pintura, el universo onírico, los iconos pop y las obsesiones y fobias como fuentes de inspiración. Trata de reflejar escenas incompletas, a modo de fotogramas, de modo que sea el espectador quien construya la historia.  No quiere crear escenas, sino mundos nuevos.
Está representada por la galería fiftydots y patrocinada por Pentax y Sigma. Trabaja con las agencias fotográficas Vogue Italia, Arcangel y Trevillion.  
Les compartimos imágenes de dos de sus series fotográficas  "personas extraordinarias" y "sex"







Más de su trabajo www.lidiavives.com 

martes, 1 de agosto de 2017

Hablemos de menstruar / conciencia cíclica

Cuatro fases de la luna / Cuatro fases del ciclo menstrual

1º - Fase menstrual

Esta fase  comienza con el primer día del período, dura entre dos y siete días.  Es la etapa de sangrado (sangre, desechos y fluidos). El útero realiza contracciones para liberar tejido endometrial. Los dolores menstruales aparecen con mayor o menor intensidad. Las hormonas sexuales están bajas y la energía corporal se concentra en la zona del abdomen, a disposición de nuestro mundo interior. Mientras el útero se desprende de lo que no necesita, los ovarios preparan nuevos folículos para la próxima ovulación. Es un proceso mental y anímico en el que cerramos un ciclo para abrir otro.
Es un momento de lentitud e introversión. Me hincho, me crecen las tetas, retengo líquidos, siento electricidad en los ovarios, no quiero hablar con gente. Si no sigo mi ritmo lento me irrito, frustro o enojo fácilmente. Necesito descansar y conectarme íntimamente conmigo misma, con mi calma y el silencio para renovar mi conexión espiritual. Estoy más sensitiva, me escucho, uso ropa que no me apriete y a veces me apoyo en la panza una bolsa de agua caliente que disminuye las molestias, descanso, duermo mucho. - Otros modos naturales de disminuir los dolores menstruales es tener orgasmos y  variar nuestra postura a menudo (no estar mucho tiempo sentada, o acostada. Estirarse, moverse un poco y encontrar una nueva posición).-


2º - Fase pre-ovulatoria

En los ovarios los folículos maduran y producen estrógenos que generan una redistribución de la energía y la aparición de una sensación de fuerza y potencia. El estrógeno hace que el endometrio (capa interna del útero) se engrose para albergar un posible óvulo fecundado (no en mi caso ni en mi casa).
Mi cuerpo se relaja, me desinflamo, libero líquidos, se me achican las tetas, el flujo se vuelve transparente. En esta etapa estoy más activa, mas practica, siento más confianza en mi, mi mente está más ágil y yo un poco más sociable.


3º - Fase ovulatoria

El estrógeno hace un pico intenso y breve que conduce a la liberación del óvulo maduro. El óvulo viaja por la trompa de falopio hacia el útero. Ocurre catorce días antes (+/- 2) de la próxima menstruación y dura entre tres y cuatro días. Después de la ovulación, el folículo (que queda en el ovario) produce menor cantidad de estrógeno y empieza el aumento de la progesterona. El flujo vaginal se vuelve blanco y espeso a medida que el endometrio se engrosa, el cuello del útero se humecta, abre y secreta moco cervical para proteger y ayudar a los espermatozoides a ir hacia la trompa. La progesterona retiene líquidos en zonas estratégicas por lo que nuestro cuerpo adopta una forma física que biológicamente es más "atractiva" para un compañerx sexual. La mente está más clara y enérgica. Puedo concentrarme y construir activamente en esta etapa creadora. También aumenta la energía sexual. La fertilidad se pone de manifiesto y las energías maternales afloran, estamos más cariñosas y nos ocupamos mejor de los demás, se supone.


4º - Fase pre-menstrual

El tejido endometrial deja de recibir estimulación y nutrientes y es expulsado en la menstruación. Y todo vuelve a comenzar si no se produce la fecundación del óvulo. Comienza el proceso de declinación en nuestro espacio interno: la liberación de aquello que cumplió un ciclo está por ocurrir. No hubo fecundación por lo que el óvulo maduro muere en la trompa de falopio y el cuerpo lúteo se desintegra.
La locura pre-menstrual aparece: Me salen granos, estoy sensible, me emociono, me enojo, me pongo un poco apática, lloro, me duelen las tetas, me tiro pedos, muchos, hago caca mucho más también, no tengo ganas de hacer nada, no me concentro, me pongo ansiosa, me tenso y siento desesperanza. Siento mi vientre lleno y apretado, me hincho, me lentifico. Tengo más hambre y menos tolerancia. Nada que no desaparezca con mi próximo sangrado.

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Hace años no uso tampones por eso la copa menstrual me hace dudar. La voy a probar pero tengo el prejuicio de que luego de un tiempo de habermela colocado me va a presionar desde adentro y ya no me copa la copa. Mientras intento vencer mis prejuicios desde hace seis meses -masomenos-  estoy usando toallitas ecológicas - cuido al mundo, a mi cuerpo y a mi economía -.  Se las compré a Bere en Córdoba pero también se consiguen en capital, Luna Roja es su marca y la recomiendo fervientemente. Son de tela, se lavan y reutilizan, son cómodas, no irritan los genitales ni producen desechos contaminantes.

El sistema es muy simple, la toallita se abrocha a la bombacha. Depende de la cantidad de flujo de cada unx el tiempo que la usemos antes de cambiarla. Al tacto es mucho más amable que el blanco perfumado que nos vende "siempre libre" mientras nos esclavizan el útero y la cabeza. Al cambiarla primero se la sumerge en agua fría por lo menos por tres horas, luego se lava con jabón blanco, se enjuaga y se deja secar.

Pensé que el procedimiento iba a cansarme la segunda vez que tuviera que lavar la toallita como en el 1800, pero no. Es un tiempo que lo uso para mi, tampoco es tanto y ya se volvió un hábito, como antes era ir a la góndola de algún supermercado o farmacia y comprar productos que, en tiempos de Monsanto, no sé bien con qué los elaboran y sin dudar los apoyaba en mi vagina. Productos que en su camino comercial y publicitario intentan combatir los olores, suavizar los colores (¡como si nuestra sangre menstrual fuera celeste y poco densa!), esconder con palabras vacías "esos días" en los que sangramos por la vagina. Reitero sangramos por la vagina. En fin, que miedo-que asco-que desagradable les resulta hablar de menstruar a las grandes empresas, a los medios, en la escuela, a la gran mayoría, que fácil les resulta minimizar el tema y desprenderlo de nuestras emociones (como si lo único posible fuera la histeria y el mal humor de un mito mal contado).

El agua con mi sangre menstrual (rica en nutrientes) la riego en las plantas que crecen fuertes y frondosas. Mi sangre vuelve a la tierra como alimento y no como residuo. Mi pequeño ritual adquirido consta de cerrar los ojos y pedirle al universo que me ayude a poder soltar todo aquello que ya no necesito y aceptar sin miedos los cambios, las transformaciones y destrucciones necesarias por las que transito para regenerarme cada vez más liviana. Cada vez que menstrúo es como una pequeña muerte que me fortalece, revivo de mis propias cenizas, de mi propia sangre.

Desde el último verano en Córdoba soy más consciente de mi naturaleza cíclica. Vivo mi menstruación más amablemente.

Soy cíclica. Mis estados emocionales se aplacan y alborotan al ritmo de mis hormonas. 
Soy cíclica y a diferencia de cómo pensaba años atrás (cuando derrochaba juventud) creo que los círculos no nos encierran.

Transforman,
renuevan,
desechan
nos conciben a nosotrxs mismxs.

Lo cíclico es movimiento constante,
es vida,
crecimiento - destrucción,
raíz, semilla,
principio,
fin,
origen.

Mi sistema vuelve siempre a una configuración anterior pero nunca soy la misma.

Abbey