martes, 15 de mayo de 2018

Ilustradas - Herikita

Herikita

Ilustra
dora colombiana, el dibujo es desde siempre parte de su universo y su forma de expresión. Sin una técnica preferida, Herikita nos muestra su universo en  diarios ilustrados como:  youth and sex, this way, cool and bored, diario de besos, 2011 una año para el fin del mundo. En sus ilustraciones son recurrentes las imágenes de casa y vida cotidiada, así como también del universo femenino

Sus trabajos se publicaron en distintos lugares del mundo, como le 1era edición del Libro Yeguas, donde en conjunto con otras ilustradoras del mundo le dan vida a referentes femeninos de la historia. 








Más de su trabajo: www.facebook.com/HerikitaConK

viernes, 11 de mayo de 2018

Ilustradas - Helena Pallarés

Helena Pallarés:
Ilustradora y diseñadora gráfica española, desde 2011  empezó a desarrollar su estilo personal a través del collage, creando un lenguaje que habla por sí mismo de realidades oníricas imposibles.
Inspirada en el arte dadaísta, el surrealismo y el fotomontaje, su obra mezcla temáticas diversas que giran en torno a los sueños, el subconsciente, el azar y lo absurdo. Para crear sus composiciones utiliza el papel como recurso principal generando texturas y combinándolo siempre con recortes de revistas y fotografías antiguas de las que se vale para diseñar los personajes que protagonizan la mayor parte de sus ilustraciones.
El carácter delicado y naïf de sus primeros collages ha evolucionado con el tiempo hacia una estética cada vez más conceptual en la que las formas abstractas y la geometría van cobrando un mayor protagonismo en sus obras, dando lugar a universos más utópicos y sorprendentes.








Màs de su obra: http://www.helenapallares.com/

miércoles, 9 de mayo de 2018

Liliana Heker / Cuentos

Liliana Heker es una cuentista, novelista y ensayista argentina.  A los 16 años comenzó a colaboraren la revista literaria El grillo de papel y participó en la fundación de las revistas literarias El Escarabajo de Oro  y El Ornitorrinco. En estas revistas publicó artículos, ensayos, críticas y polémicas. Hay traducciones de sus cuentos (en inglés, alemán, francés, ruso, turco, serbio, holandés, y farsi) que se incluyen en diversas antologías. También se publicó en Israel una selección de sus cuentos traducidos al hebreo. Desde 1978 coordina talleres de narrativa en los que se han formado muchos de los nuevos narradores argentinos.




Los Juegos


A veces me da una risa. Porque ellos no se pueden imaginar las cosas y entonces tratan de explicar todo: se ve que no pueden vivir sin explicar. Cada tanto yo pienso que les tendría que contar la verdad, ya estoy lista, parece que voy a empezar, pero entonces ellos dicen: ¿Por qué no jugás con la muñeca?, ¿es que ya no te gusta más? Y a mí claro que me gusta. Y cómo jugamos, si ellos supieran. Ayer nos perdimos en el bosque, uno que está cerca de la casa en que a veces se nos da por vivir; yo tenía unas trenzas largas y negras, iba descalza porque se me habían perdido los zapatos y estaba muerta de miedo. Pero en secreto sabía que después íbamos a encontrar una casita con labradores y con chicos llenos de aventuras y con panes calientes y olorosos. Y quería tener más miedo así después me sentía más aliviada.

Pero no pude llorar en los brazos de la mujer ni reírme con los hijos, ni llenarme la boca con pan dorado porque vino mamá y me dijo: ¿Por qué estás siempre sin hacer nada? Entonces yo saqué la muñeca de la caja y me puse a darle la mamadera. Y mamá me dijo: ¿Viste cómo te podés entretener si querés?

A la tarde me llevó a la casa de Silvia para que juegue con ella y no esté tan sola. A Silvia le gusta jugar a las visitas: dice las cosas que dicen las mamás cuando van de visita; las señoras grandes la miran, se ríen y dicen qué pícara. A Silvia le gustaría ser grande para decir todas esas cosas en serio y me dijo que yo era una tonta porque nunca me había pintado los labios y que mi vestido era viejo y feo y que su papá le va a comprar una bicicleta porque es más rico que el mío. Y a mí me subió una cosa grande y rara que se me quedó en la garganta y empecé a llorar fuerte como cuando me aprieto un dedo en la puerta. Entonces mamá me llevó a casa y me dijo que yo era una llorona y que no sabía jugar como las demás nenas y que tengo que contestarle a Silvia cuando me hace rabiar porque sino todos se van a reír de mí. Y yo me puse a llorar más fuerte y ya no pude parar.

Pero a la noche cuando estaba en la cama le contesté a Silvia: le dije todas las cosas que se me habían apretado en la garganta y que por eso no le pude decir antes. Me hubieran oído entonces. Le dije que si no me pintaba los labios no era porque le tuviera miedo a nadie, era porque no me gustaba porque es pegajoso y tiene feo olor. Y que yo tenía vestidos mil veces más lindos que ése y que me los ponía todos juntos si quería porque yo podía hacer lo que me da la gana y nadie me iba a decir nada pero que a mí qué me importaba ponérmelos: total, para ir a su casa. Y que a mí me van a comprar un caballo que corra más rápido que un tren cuando cumpla siete años. Entonces ella me quiso decir algo pero yo no la dejé y le dije que además la tonta era ella que todavía leía nada más que cuentos de hadas mientras que yo ya leí un montón de libros largos y de muchas páginas. Ella se moría de rabia pero yo le dije que era una estúpida porque decía que los chicos son unos brutos que no saben jugar y eso era mentira porque juegan mucho mejor que nosotras y si a ella no le gustaba era porque era de manteca. Silvia quiso tirarme del pelo pero entonces yo la agarré y le pegué tan fuerte que se tuvo que escapar corriendo. Y se puso a llorar. Lloraba tan fuerte que al final vinieron todas las señoras grandes a ver. Todas. Y se enteraron de que yo le había pegado a Silvia porque había sido mala conmigo. Y mamá me dijo: No hay que pegar a las nenas, es muy feo. Y Silvia seguía llora que te llora.

Y todo pasó tan en serio que cuando terminó yo estaba llorando en la cama. Pero no lloraba porque estaba triste. Lloraba como si yo fuera Silvia y me diese mucha rabia que una chica a la que creía tonta me hubiera hecho pasar tanta vergüenza delante de todo el mundo.

***

La fiesta ajena

Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre. ¿Monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños.
–No me gusta que vayas –le había dicho–. Es una fiesta de ricos.
–Los ricos también se van al cielo –dijo la chica, que aprendía religión en el colegio.
–Qué cielo ni cielo –dijo la madre–. Lo que pasa es que a usted, m’hijita, le gusta cagar más arriba del culo.
A la chica no le parecía nada bien la manera de hablar de su madre: ella tenía nueve años y era una de las mejores alumnas de su grado.
–Yo voy a ir porque estoy invitada –dijo–. Y estoy invitada porque Luciana es mi amiga. Y se acabó.
–Ah, sí, tu amiga –dijo la madre. Hizo una pausa–. Oíme, Rosaura –dijo por fin–, esa no es tu amiga. ¿Sabés lo que sos vos para todos ellos? Sos la hija de la sirvienta, nada más.
Rosaura parpadeó con energía: no iba a llorar.
–Callate –gritó–. Qué vas a saber vos lo que es ser amiga.
Ella iba casi todas las tardes a la casa de Luciana y preparaban juntas los deberes mientras su madre hacía la limpieza.
Tomaban la leche en la cocina y se contaban secretos. A Rosaura le gustaba enormemente todo lo que había en esa casa. Y la gente también le gustaba.
–Yo voy a ir porque va a ser la fiesta más hermosa del mundo, Luciana me lo dijo. Va a venir un mago y va a traer un mono y todo. La madre giró el cuerpo para mirarla bien y ampulosamente apoyó las manos en las caderas.
–¿Monos en un cumpleaños? –dijo–. ¡Por favor! Vos sí que te creés todas las pavadas que te dicen.
Rosaura se ofendió mucho. Además le parecía mal que su madre acusara a las personas de mentirosas simplemente porque eran ricas. Ella también quería ser rica, ¿qué?, si un día llegaba a vivir en un hermoso palacio, ¿su madre no la iba a querer tampoco a ella? Se sintió muy triste. Deseaba ir a esa fiesta más que nada en el mundo.
–Si no voy me muero –murmuró, casi sin mover los labios. Y no estaba muy segura de que se hubiera oído, pero lo cierto es que la mañana de la fiesta descubrió que su madre le había almidonado el vestido de Navidad. Y a la tarde, después que le lavó la cabeza, le enjuagó el pelo con vinagre de manzanas para que le quedara bien brillante. Antes de salir Rosaura se miró en el espejo, con el vestido blanco y el pelo brillándole, y se vio lindísima.
La señora Inés también pareció notarlo. Apenas la vio entrar, le dijo:
–Qué linda estás hoy, Rosaura.
Ella, con las manos, impartió un ligero balanceo a su pollera almidonada: entró a la fiesta con paso firme. Saludó a Luciana y le preguntó por el mono. Luciana puso cara de conspiradora; acercó su boca a la oreja de Rosaura.
–Está en la cocina –le susurró en la oreja–. Pero no se lo digas a nadie porque es un secreto.
Rosaura quiso verificarlo. Sigilosamente entró en la cocina y lo vio. Estaba meditando en su jaula. Tan cómico que la chica se quedó un buen rato mirándolo y después, cada tanto, abandonaba a escondidas la fiesta e iba a verlo. Era la única que tenía permiso para entrar en la cocina, la señora Inés se lo había dicho: “Vos sí pero ningún otro, son muy revoltosos, capaz que rompen algo”. Rosaura, en cambio, no rompió nada. Ni siquiera tuvo problemas con la jarra de naranjada, cuando la llevó desde la cocina al comedor. La sostuvo con mucho cuidado y no volcó ni una gota. Eso que la señora Inés le había dicho: “¿Te parece que vas a poder con esa jarra tan grande?”. Y claro que iba a poder: no era de manteca, como otras. De manteca era la rubia del moño en la cabeza. Apenas la vio, la del moño le dijo:
–¿Y vos quién sos?
–Soy amiga de Luciana –dijo Rosaura.
–No –dijo la del moño–, vos no sos amiga de Luciana porque yo soy la prima y conozco a todas sus amigas. Y a vos no te conozco.
–Y a mí qué me importa –dijo Rosaura–, yo vengo todas las tardes con mi mamá y hacemos los deberes juntas.
–¿Vos y tu mamá hacen los deberes juntas? –dijo la del moño, con una risita.
–Yo y Luciana hacemos los deberes juntas –dijo Rosaura, muy seria. La del moño se encogió de hombros.
–Eso no es ser amiga –dijo–. ¿Vas al colegio con ella?
–No.
–¿Y entonces, de dónde la conocés? –dijo la del moño, que empezaba a impacientarse.
Rosaura se acordaba perfectamente de las palabras de su madre. Respiró hondo:
–Soy la hija de la empleada –dijo.
Su madre se lo había dicho bien claro: Si alguno te pregunta, vos le decís que sos la hija de la empleada, y listo.
También le había dicho que tenía que agregar: y a mucha honra. Pero Rosaura pensó que nunca en su vida se iba a animar a decir algo así.
–Qué empleada–dijo la del moño–. ¿Vende cosas en una tienda?
–No –dijo Rosaura con rabia–, mi mamá no vende nada, para que sepas.
–¿Y entonces cómo es empleada? –dijo la del moño.
Pero en ese momento se acercó la señora Inés haciendo shh shh, y le dijo a Rosaura si no la podía ayudar a servir las salchichitas, ella que conocía la casa mejor que nadie.
–Viste –le dijo Rosaura a la del moño, y con disimulo le pateó un tobillo.
Fuera de la del moño todos los chicos le encantaron. La que más le gustaba era Luciana, con su corona de oro; después los varones. Ella salió primera en la carrera de embolsados y en la mancha agachada nadie la pudo agarrar.
Cuando los dividieron en equipos para jugar al delegado, todos los varones pedían a gritos que la pusieran en su equipo. A Rosaura le pareció que nunca en su vida había sido tan feliz.
Pero faltaba lo mejor. Lo mejor vino después que Luciana apagó las velitas. Primero, la torta: la señora Inés le había pedido que la ayudara a servir la torta y Rosaura se divirtió muchísimo porque todos los chicos se le vinieron encima y le gritaban “a mí, a mí”. Rosaura se acordó de una historia donde había una reina que tenía derecho de vida y muerte sobre sus súbditos. Siempre le había gustado eso de tener derecho de vida y muerte. A Luciana y a los varones les dio los pedazos más grandes, y a la del moño una tajadita que daba lástima.
Después de la torta llegó el mago. Era muy flaco y tenía una capa roja. Y era mago de verdad. Desanudaba pañuelos con un solo soplo y enhebraba argollas que no estaban cortadas por ninguna parte. Adivinaba las cartas y el mono era el ayudante. Era muy raro el mago: al mono lo llamaba socio. “A ver, socio, dé vuelta una carta”, le decía. “No se me escape, socio, que estamos en horario de trabajo”.
La prueba final era la más emocionante. Un chico tenía que sostener al mono en brazos y el mago lo iba a hacer desaparecer.
–¿Al chico? –gritaron todos.
–¡Al mono! –gritó el mago.
Rosaura pensó que ésta era la fiesta más divertida del mundo.
El mago llamó a un gordito, pero el gordito se asustó enseguida y dejó caer al mono. El mago lo levantó con mucho cuidado, le dijo algo en secreto, y el mono hizo que sí con la cabeza.
–No hay que ser tan timorato, compañero –le dijo el mago al gordito.
–¿Qué es timorato? –dijo el gordito. El mago giró la cabeza hacia uno y otro lado, como para comprobar que no había espías.
–Cagón –dijo–. Vaya a sentarse, compañero.
Después fue mirando, una por una, las caras de todos. A Rosaura le palpitaba el corazón.
–A ver, la de los ojos de mora –dijo el mago. Y todos vieron cómo la señalaba a ella.
No tuvo miedo. Ni con el mono en brazos, ni cuando el mago hizo desaparecer al mono, ni al final, cuando el mago hizo ondular su capa roja sobre la cabeza de Rosaura, dijo las palabras mágicas… y el mono apareció otra vez allí, lo más contento, entre sus brazos. Todos los chicos aplaudieron a rabiar. Y antes de que Rosaura volviera a su asiento, el mago le dijo:
–Muchas gracias, señorita condesa.
Eso le gustó tanto que un rato después, cuando su madre vino a buscarla, fue lo primero que le contó.
–Yo lo ayudé al mago y el mago me dijo: “Muchas gracias, señorita condesa”.
Fue bastante raro porque, hasta ese momento, Rosaura había creído que estaba enojada con su madre. Todo el tiempo había pensado que le iba a decir: “Viste que no era mentira lo del mono”. Pero no. Estaba contenta, así que le contó lo del mago.
Su madre le dio un coscorrón y le dijo:
–Mírenla a la condesa.
Pero se veía que también estaba contenta.
Y ahora estaban las dos en el hall porque un momento antes la señora Inés, muy sonriente, había dicho: “Espérenme un momentito”.
Ahí la madre pareció preocupada.
–¿Qué pasa? –le preguntó a Rosaura.
–Y qué va a pasar –le dijo Rosaura–. Que fue a buscar los regalos para los que nos vamos.
Le señaló al gordito y a una chica de trenzas, que también esperaban en el hall al lado de sus madres. Y le explicó cómo era el asunto de los regalos. Lo sabía bien porque había estado observando a los que se iban antes. Cuando se iba una chica, la señora Inés le regalaba una pulsera. Cuando se iba un chico, le regalaba un yo-yo. A Rosaura le gustaba más el yo-yo porque tenía chispas, pero eso no se lo contó a su madre. Capaz que le decía: “Y entonces, ¿por qué no le pedís el yo-yo, pedazo de sonsa?”. Era así su madre. Rosaura no tenía ganas de explicarle que le daba vergüenza ser la única distinta. En cambio le dijo:
–Yo fui la mejor de la fiesta. Y no habló más porque la señora Inés acababa de entrar en el hall con una bolsa celeste y una bolsa rosa. Primero se acercó al gordito, le dio un yo-yo que había sacado de la bolsa celeste, y el gordito se fue con su mamá. Después se acercó a la de trenzas, le dio una pulsera que había sacado de la bolsa rosa, y la de trenzas se fue con su mamá.
Después se acercó a donde estaban ella y su madre. Tenía una sonrisa muy grande y eso le gustó a Rosaura. La señora Inés la miró, después miró a la madre, y dijo algo que a Rosaura la llenó de orgullo. Dijo:
–Qué hija que se mandó, Herminia.
Por un momento, Rosaura pensó que a ella le iba a hacer los dos regalos: la pulsera y el yo-yo. Cuando la señora Inés inició el ademán de buscar algo, ella también inició el movimiento de adelantar el brazo. Pero no llegó a completar ese movimiento. Porque la señora Inés no buscó nada en la bolsa celeste, ni buscó nada en la bolsa rosa. Buscó algo en su cartera.
En su mano aparecieron dos billetes.
–Esto te lo ganaste en buena ley–dijo, extendiendo la mano–. Gracias por todo, querida.
Ahora Rosaura tenía los brazos muy rígidos, pegados al cuerpo, y sintió que la mano de su madre se apoyaba sobre su hombro. Instintivamente se apretó contra el cuerpo de su madre. Nada más. Salvo su mirada. Su mirada fría, fija en la cara de la señora Inés.
La señora Inés, inmóvil, seguía con la mano extendida. Como si no se animara a retirarla. Como si la perturbación más leve pudiera desbaratar este delicado equilibrio.

martes, 8 de mayo de 2018

Mujeres_al_Lente - Nancy "Nan" Goldin

Nancy "Nan" Goldin 
Fotógrafa estadounidense, Su trabajo  explora los cuerpos LGBT, los momentos de intimidad, la crisis del VIH y la epidemia de opiáceos.
Nan Goldin ha llevado a la cultura subversiva una obra fotográfica genial que refleja la enfermedad, las relaciones sexuales y amorosas, la violencia y la muerte.
Luego de una difícil infancia entre  diferentes familias adoptivas de Nueva Inglaterra, ingresa en una escuela experimental de fotografía en Boston llamada la Satya Community School, en la que empieza a cultivar su innato talento fotográfico y a inmiscuirse en la vida nocturna y contracultural de la Provincetown, una comunidad de artistas y resort gay de Massachussets, donde conocerá a sus mejores amigos y protagonistas de sus fotografías a lo largo de las dos siguientes décadas: Bruce, Sharon, Cookie o Waters, entre otros.
Más tarde, ingresa en la Escuela del Museo de Bellas Artes de Boston, donde se gradúa en 1978. Comparte promoción con figuras emblemáticas del mundo fotográfico como Philip-Lorca diCorcia y su amigo David Armstrong, y comienza a trabajar con películas de color y a emplear el flash en sus trabajos. Ya graduada decide mudarse al barrio contracultural de Bowery, en Manhattan, donde el punk febril contagiaba a las multitudes y donde las noches eran trincheras eternas de drogas y fiestas. Allí, Goldin explora y desarrolla el que será para siempre el tema central de su obra: la narración de la vida sentimental y sexual de su entorno, mediante series de fotos que relatan vidas inundadas de enfermedad, pobreza, violencia, sexo y amor. Pionera y creadora del género documentalista "antiglamour" , Goldin enfatiza el efecto de sus imágenes juntándolas en películas que las muestran de manera sucesiva. 






Más de su obra:
http://www.tate.org.uk/art/artists/nan-goldin-2649

viernes, 4 de mayo de 2018

Mujeres_al_Lente - Kitra Cahana

Kitra Cahana
Fotógrafa estadounidense, se especializa en documental independiente, camarógrafa, artista de fotografía / video y oradora de TED. Kitra colaboradora de National Geographic Magazine. Ella tiene una B.A. en filosofía de la Universidad McGill y un M.A. en antropología visual y de medios de la Freie Universitat de Berlín. Kitra ha recibido numerosas subvenciones y reconocimientos.
Fotógrafa documental que se unió a una comunidad de jóvenes nómadas durante meses y creó el proyecto Nomadic.
Les compartimos parte de su obra llamada Nomadic.








Más de su obra:  https://kitracahana.com/home/

jueves, 3 de mayo de 2018

15º mes mirando películas dirigidas por mujeres

Little Miss Sunshine - Valerie Faris/Jonathan Dayton - EE.UU/2006 - Comedia dramática

Sinopsis: Olive, la hija pequeña de una familia desestructurada, quiere ser una reina de la belleza. Cuando la invitan a participar en el concurso de 'Pequeña Miss Sunshine', en California, la familia emprende un viaje en una  furgoneta destartalada. El viaje será el detonante de un cambio profundo para todxs. 

Por qué mirarla: Es una película divertida en formato de road movie y una historia de transgresión de normas. Es una crítica al  mundo de los concursos de belleza infantil y  a los estereotipos  socialmente establecidos que nos segregan y remarca la importancia de ser unx mismx. Es muy tierna y original la relación del abuelo y la nieta.




La niña de tacones amarillos - Luján Loioco - Argentina/2015 - Drama


Sinopsis: La construcción de un gran hotel en un pequeño pueblo del noroeste argentino altera la tranquilidad y la vida cotidiana del lugar . Sacude la vida de todos sus habitantes; sobre todo la de Isabel, a quien el choque cultural la moviliza de manera especial. Vendiendo  empanadas, que su madre cocina para los albañiles, conocerá a Migue y su curiosidad sexual
la llevará a tener  su primera relación amorosa.

Por qué mirarla: La película tiene  muy linda fotografía y buenas actuaciones,  investiga las reacciones inesperadas ante lo irreversible y las consecuencias de sentirse invadido. El pasaje de una niña a la adultez muestra la distancia entre el centro del poder y la periferia. Tanto en el plano sexual  como en el político, el ciclo histórico del poder se reafirma, indefectiblemente. 




La valija de Benavidez - Laura Casabe - Argentina/2016 - Comedia negra/Thriller Fantástico



Sinopsis A Benavídez es un artista frustrado, carga con el fantasma del prestigio de su padre pintor. Un día discute con su esposa y se va de su casa. Desesperado, se presenta  en la mansión de su psiquiatra, que le da asilo por esa noche. Pero el lugar no es lo que parece. 

Por qué mirarlaEl elenco, la fotografía y la música son excelentes. La película cuenta una historia basada en un cuento de Samantha Schweblin. La directora genera climas ligeramente extraños (como sucede,  con la literatura de Schweblin). 





Desmadre - Jazmín Stuart/Juan Pablo Martínez - Argentina/2012 - Comedia dramática


Sinopsis: Carla tiene 19 años, se crió sin padre y con una madre ausente. Su mundo se ve invadido cuando su madre vuelve a Buenos Aires. La convivencia volverá  ríspida la relación entre una madre que quiere vivir como una adolescente y una hija que quiere crecer.

Por qué mirarla: Tanto Florencia Otero como Claudia Fontán interpretan papeles a los que no estamos acostumbradxs a verlas. Es una película lenta y repetitiva, con momentos divertidos,  que muestra los encuentros y desencuentros de madre e hija. 




No soy un hombre fácil - Eleonore Pourriat - Francia/2018 - Comedia

Sinopsis:  Un machista tras sufrir un golpe en la cabeza despierta en una realidad alternativa en la que las mujeres son el sexo dominante.

Por qué mirarla:  Esta historia distópica  nos propone un ejercicio de reflexión feminista al mostrar un mundo lleno de actitudes de género que tenemos interiorizadas para demostrar lo absurdas que son. De esta manera nos invita a destruir el modelo social dispar en el que vivimos y dejar de perpetuar construcciones arbitrarias que someten a una parte de la sociedad.


 

miércoles, 2 de mayo de 2018

Sonia Budassi es una periodista, escritora, docente y editora argentina. Colaboró en suplementos y revistas culturales. Es autora de varios libros de ficción y no ficción. La reedición ampliada de Apache. En busca de Carlos Tévezincluye dos nuevos cuentos.Esta versión de aquella crónica-ensayo -que persigue al ídolo del fútbol que acaba de volver a Boca- fue traducido al chino. Su segundo libro de cuentos, Periodismo, también volvió a editarse. 



Todo lo de anoche
Los domingos son para dormir. Suena un tango en la radio de este taxi Renault 12 sin FM, ruidosa vibración del motor; en las mañanas de domingo sólo existen autos así. No conozco la calle por la que vamos, talleres mecánicos alineados como vidrieras de un shopping, autos en reparación (chocados) al borde de la calle, árboles y un prolijo nene pelirrojo con bolsa de hilo tejido para hacer los mandados cruza la calle sin mirar el semáforo. No lo atropellamos. Es casi mediodía: el color es amarillo, demasiado sol, cómo se verá mi maquillaje con esta luz, gris perlado de mis párpados concebido por Lancómè para una noche como la de ayer -o con eso nos engañamos los fieles consumidores- tonalidad 035, gris humo también el delineador; pase lo que pase los laboratorios franceses no encuentran la fórmula y yo tampoco: ningún maquillaje supera los efectos de las mañanas con sol, quisiera que algunas cosas no hubiesen pasado, o por lo menos saltear este momento, pero el único deseo posible es el de llegar a casa cuanto antes y la velocidad del taxista no trabaja a mi favor; prefiero la lentitud de los embotellamientos de lunes, violencia explícita de bocinas, de colectivos repletos, y no la furia contenida de los días como este.
Nadie barre la vereda en mi cuadra, no hay olor a asado en familia. No tengo hambre, pero cuando rechacé el desayuno gentil sí tenía y tenía miedo de estar en aquella situación (que el chico sea lindo no alcanza). En el paisaje, demasiados elementos que no logro poner en orden: podría resumirse en (no ponerme a limpiar) vasos sucios, ceniceros repletos, botellas vacías. Mejor no mirarme al espejo, pero -contradicciones fruto de la curiosidad- imposible no hacerlo; no necesito comprobar nada más. Odio el sol. Los pies duelen pero sin ampollas ni lastimaduras. Descalzarme, líneas negras manchan mis pies. Me desvisto, mejor dormir ahora. Pero en la cama doy vueltas incómodas. No puedo dormir y no me lo explico, si estaba tan cansada. Calor, hasta que por fin el sueño.
Despertar es horrible siempre. Los domingos peor. Sé lo que me espera fuera de este cuarto; adentro todo mi vestuario desplegado (arrugado) por el piso, no puedo calcular cuánta ropa me probé antes de salir, cuánto tiempo me llevará acomodarla; una hora más tarde, me levanto. Cuando vivía con mis padres (iba al secundario) era capaz de hacer mucho más: mentir ("voy a dormir a lo de una amiga") para ir a bailar a lugares para mayores de dieciocho años, cambiarme en el baño de un bar, descambiarme en el baño de otro bar, hacer tiempo recostada en el banco de una plaza hasta las diez de la mañana, volver a casa, cocinar, hacer todo lo que una buena hija debe hacer, arreglar el jardín, bañar al perro y lavar el auto; de todas formas durante el día deseaba que llegue la noche para descansar; creo que la presencia de mis padres y los recuerdos de la noche anterior me daban las fuerzas que necesitaba.
Suena el teléfono y no atiendo, en mi voz se sentirán las marcas del cigarrillo, de los tragos, de los gritos, de todo lo de anoche. Si sólo dijera "hola" cualquiera podría saber cada cosa que hice. Me lavo los dientes, maldigo, lloro, me da bronca llorar. Lloro de bronca. Es estúpido angustiarse por cosas así, yo no soy ninguna idiota. Me lavo la cara, me quito el maquillaje, no tengo ganas de ponerme las cremas que debería; demasiado esfuerzo. Pienso en cosas que pudieran reconfortarme y como las que se me ocurren implican hablar, las descarto, aunque sólo se trate de nombrar mi dirección, la comida que me gustaría pedir y con cuánto voy a pagar (aunque antes de hacerlo debería ver si tengo plata).
Llevar las botellas del comedor al lavadero no va a hacer que me sienta mucho mejor, entonces, llevo todas las botellas del lavadero al comedor. Veinte o treinta, este cansancio es parecido al del trabajo. Sobre la mesa y después sobre el piso, pero sin tapar las manchas que tiene la alfombra porque prefiero verlas. No es bueno ocultar siempre todo. Listo. Está bien angustiarse por treinta botellas, no por tres. No hay nada que me moleste más que sentirme mal por cosas que no valen la pena. Escucho gritos que vienen de afuera, miro, vienen del balcón de enfrente. Unos cinco chicos (en realidad dos de ellos deben tener cuarenta años) me miran. En aquel piso debe vivir el matrimonio mayor (él a veces sale al balcón a fumar, si se queda adentro seguro que la mujer lo reta), los domingos suele ir gente a visitarlos, familias con niños. Escucho mejor: dicen guarangadas, no dejan de mirarme. Me doy cuenta de que estoy desnuda. Hijos de puta. Me cubro con un repasador que hay en el piso y entre otras cosas grito "pajeros de mierda", bien fuerte para que me oigan, quién se creen que son. Pronto compruebo que ese es el piso en el que vive el matrimonio mayor: los dos, ahora también en el balcón, me miran indignados junto con otros vecinos de distintas edades de distintos pisos del edificio de enfrente: hijos de puta todos. Cierro la cortina y de vuelta en mi cuarto me tiro en la cama.
Despertar es horrible, y despertar dos veces el mismo domingo es dos veces peor. Es temprano, confusión, creí que era mañana lunes, otra cosa, soñaba que. Todavía el calor. Me pongo una remera. Que el repasador quede en el piso, total estaba sucio. Una puntada en el pecho (no hay papel glasé que se pegue con punzón en la hoja blanca; todos lo golpes los recibo yo), me aturden millones de botellas. Pienso en llamar a mis amigas, necesito consuelo: estoy demacrada, uso una remera de Argentina con el logo de Visa y de Reebok porque es la única que encontré, mis piernas se ven demasiado flacas para lo gorda que estoy, hay olor a encierro y anoche gasté mi último sahumerio. Llamo pero nada, rutina de días lindos, todos se van a algún cercano accesible lugar paradisíaco y me dejan sola. A la tercer amiga que llamo, respuesta de madre; odio a la gente que vive con su mamá (¿por qué no están cuando las necesito?). Quiero hablar a pesar de mi voz: después de todo, ya avisé que estoy engripada (y bien podría estarlo). La opción ahora es probar con algún amigo (como en una promoción, dos cosas en una) pero más contestadores hasta que por fin Matías, que recién se levanta pero su voz no muestra cansancio sino entusiasmo, dulzura y comprensión. Invento malos amigos que no ayudaron a ordenar y pobre yo quizá tan enferma, tan resfriada, incluso con fiebre pero no tengo termómetro: él promete venir de inmediato. Por si algo falla, le pido que traiga una película. Entonces, ahora tengo que ducharme (y comprobar que el termómetro no esté a la vista).
Hay una fórmula para estar sexy en casa, parecer casual y sin embargo estar producida, una técnica que no puede develarse por ser más que nada una búsqueda personal, un camino propio que conozco bien: el short rojo ajustado y mi vieja remera blanca. Como si hubiera (puntillosa resignada abnegada ama de casa moderna hermosa) lavado platos y ordenado estantes durante todo el día (pero también sé que, bajo mis ojos, imborrables ojeras de domingo). No me entusiasmo, (ropa colgada en el cordel durante demasiado tiempo, asumir que aún no pude quitarla de ahí, dejar entrar la luz, la fantasía de nunca volver a usar ese vestuario, en definitiva, nada importante, salvo la incómoda presencia de medias viejas y bombachas de algodón). Pero no tengo energía para seducir, apenas puedo mantenerme en pie, sostener una charla. Mejor delegar: medias de red con minishort negro y la misma musculosa blanca gastada. Sandalias de taco. Cuando venga puedo decir que me probaba ropa de fiesta para el casamiento de mi prima en Santa Rosa; de todas formas, por qué preocuparme: los hombres son siempre demasiado fáciles.
Viniste enseguida, no terminé de cambiarme, pasá, digo ante su sonrisa que se detiene en la puerta. Pequeños ojos de Papá Noel acalorado; boca de sapo ante una tentadora hormiga de jardín. Te imaginaba en cama, dice; pero llevo tacos altos en lugar de pantuflas. Respondo con alguna falsa explicación acerca de la trascendental importancia que para las mujeres tienen las fiestas de casamiento y otras idioteces características (prejuiciosas revistas masculinas, cronistas a los que les resulta divertido preguntarse si las mujeres se excitan más con el olor a sudor masculino o con el perfume francés; si salir al cine o a un restaurant) pero en todo caso no me importa; fomentar prejuicios sobre la estupidez femenina siempre juega a favor: es bueno que el enemigo subestime las fuerzas del adversario (una suerte que el machismo y Matías no den cuenta de eso). Veo que no trajo ninguna película. Qué mal. Pregunto si quiere tomar algo, con asco mira alfombra y botellas pero sonríe como un caballero. Me compadece. No me gusta que lo haga, no necesito tu lástima, pienso, aunque su ayuda sí me viene bien: empieza a vaciar ceniceros en una bolsa de consorcio, busca un trapo para limpiar la mesa y cosas así; finjo dolor de cabeza (ya no tengo tanta fiebre) y lo dejo hacer; en cinco minutos, supongo, va a cansarse y dejará el papel (¿de amigo?) de mayordomo servil de telenovela o (eso estaría mejor) de dócil esclavo de película porno. Lo intercepto en su camino hacia la cocina, pongo cara de agradecimiento y satisfacción y él, odioso beso fraternal: me besa en la frente.
Por supuesto al poco tiempo dice qué linda estás y yo vuelvo a decirme que alguna vez alguien podría ser más original, pero no digo más que gracias, vos también. La casa está sólo un poco mejor, pensé que su actitud amigo aliado de la limpieza duraría más tiempo. Me abraza, piso un cigarrillo apagado y siento asco pero es mi casa, mejor disimular antes de que él también sienta lo mismo. El malestar sube desde mis pies hasta el pecho y empieza a invadir el beso que nos damos. ¿Estás bien? pregunta Matías sin interrumpir el beso. Me aparto un poco. Tengo que esforzarme, pienso. Qué linda vas a estar en esa fiesta, dice él y vuelvo a sentir la sensualidad de la ropa que llevo puesta. ¿Te parece? digo y me aparto un poco más, pero él me toma la mano y me hace dar un giro como a una chica en un baile de cumbia. Dado el paisaje, mi estado de ánimo y, peor aún, su estúpida cara de baboso, toda la escena me resulta patética. Él es incapaz de percibir lo que siento. ¿Estás bien, Matías? pobre intento de librarme con sutileza de la situación. Sí...vos todavía tenés fiebre ¿no? Perdoname, por ahí te parezco un desubicado (no sé). Todo bien, digo, la verdad es que no tuve un buen día... él pronto interrumpe (siempre alguien impide mis breves ataques de sinceridad). Está bien, linda, no te preocupes, estás enfermita (¿por qué el diminutivo?). Vamos a la cama así descansás y te curás y te ponés bien. Te llevo un té, ¿querés? dice. Acepto y voy a mi cuarto, me recuesto y pienso que puede ser un lindo preámbulo. No tengo la costumbre de tomar infusiones antes de un momento así pero por definición está bien tener (triviales) nuevas experiencias (mi optimismo me reconforta). Me quito las sandalias y el short; recostada, me cubro un poco y espero. Las persianas cerradas filtran una anaranjada luz de atardecer, las sábanas blancas se adhieren a mis piernas, y todo tan sugerente que.
Matías llega con un plato a modo de bandeja con una taza encima, se sienta junto a mí y apoya el té sobre mis piernas. Por primera vez en la tarde nos miramos a los ojos.
Pruebo. En el primer intento, me quemo los labios. Soplo y él dice que eso es de mala educación. Intento decir algo pero no puedo; él debe estar en lo mismo: silencio de autos que no eligen esta calle (en domingo ni siquiera bocinas). Me pregunta qué hice anoche y yo digo que lo de siempre, que salí con amigos y eso. Por cortesía retribuyo la pregunta: él se excede con detalles innecesarios acerca de su feliz sábado festivo, experiencias de amor y amistad en las que no sé si creer pero que, de todos modos, media hora más tarde todavía me resultan, como al principio, innecesarias. Mi té ya está frío y demasiado dulce. No debo menospreciar su gesto de caballerosidad: beber el té, sonreír. Sonrío y digo gracias; en definitiva era sólo un buen gesto pero no pensé en el esfuerzo: el sabor del edulcorante nunca me gustó.
Como lograr que Matías se saque la ropa resulta bastante complicado, él insiste en dejarse la remera puesta; así, dice, se siente menos infiel. La declaración me causa gracia pero no sonrío. Al principio son relajantes los besos en el cuello, pero al rato no puedo mantener los ojos cerrados: la parte de arriba del placard está abierta, cuelga mi bolso azul, pienso en mi último viaje con... algo me molesta, mis medias con ligas son demasiado obstáculo para sus dedos y él insiste como si nada. Me resulta un poco torpe, algo violento. Le digo que me deje a  mí.
Ya no hay luz anaranjada ni de ningún tipo, aún no hubo sexo, pero él dice que esto es sólo el comienzo y, al menos, por fin estoy desnuda. Hace un comentario acerca del desorden del cuarto. Debés ser muy insegura para probarte tanta ropa antes de salir. Se ríe, pero sólo  porque está nervioso (o porque dijo algo estúpido). Yo no me río aunque también estoy nerviosa o molesta o furiosa. Y luego la pregunta de si tiene preservativos cerca, él dice que en el jean. Pienso que eso es demasiado lejos, él se detiene.
Pero las cosas pasan como tienen y porque tienen que pasar. Y lo que queda es despertar un mismo domingo por tercera vez y preguntarse si acaso no es peor que haber dormido todo el día, el hecho de despertar por el sonido disimulado de una puerta al cerrarse.



Blog de Sonia Budassi
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